Cuando al comenzar la guerra de Israel y EE.UU., las proyecciones de numerosos analistas abocados a este conflicto auguraban que el factor kurdo entraría, en masa, al juego de guerra en el bando israelí-estadounidense, poca atención se prestaba, por aquellos intérpretes, a las acciones iraníes que, desde julio del año pasado, se llevaron a cabo para, precisamente, disminuir la participación de los kurdos en esta guerra.
Así, funcionarios relevantes como Ari Larijani -quien fuera asesinado por Israel en la noche del 17 de marzo, cuando mantenía comunicaciones activas con varias partes internacionales para que no haya una conflagración total y se respeten los términos iraníes- laboraron calladamente para que un número importante de las comunidades kurdas de Irán no se involucren en la desintegración del país.
Estableciendo un lenguaje común de identidad iraní, pese a las diferencias étnicas y políticas subyacentes, estos altos representantes del sistema rector prevalente en Irán pudieron obtener, de parte de conspicuos referentes kurdos, el compromiso de que no se sumarían a las aventuras de los Estados Unidos y de Israel y que si otras organizaciones kurdas entraban en el conflicto, pues, las dejarían a estas un tanto aisladas.
Por supuesto que, a la par del método del diálogo y el consenso contractual, también Teherán operó los mecanismos quirúrgicos y expeditivos contra algunos campamentos kurdos que no querían -ni quieren- cambiar su postura histórica y bregan por la guerra contra el resto de Irán en colusión con las fuerzas extranjeras que las financian y las entrenan.
Los objetivos de estas últimas organizaciones -que operan, mayoritariamente, en Kurdistán, Kermanshah y Azerbaiyán Occidental, entre otros lugares, son derrocar a la República Islámica y de implementar sobre el terreno su Gran Kurdistán, diseño que todavía carece de fuerza suficiente para plasmarse en la realidad.
Aun cuando estos grupos no sean amateurs y estén dispuestos a matar y morir, si se los mire microscópicamente se podrá ver, sin espejismos, que como tales no tienen el poder requerido para aplastar a las fuerzas armadas iraníes.
Por ejemplo, el Partido por una Vida Libre en Kurdistán (PJAK) cuenta con 2500 a 3000 hombres que poseen armas ligeras y medianas, con experiencia en ataques limitados; por su parte, el Partido Democrático del Kurdistán Iraní (PDKI) tiene un ejército que asciende a los 2000 hombres y se especializa, principalmente, en la infiltración y las emboscadas y, por último, Khabat y Komala -la rama kurda del ilegalizado Partido Comunista de Irán- tienen entre 600 a 1300 hombres cada una, también en posesión de armas ligeras y medianas.
En total, la cantidad de miembros de estas organizaciones armadas sugiere una falta de cooptación masiva y no representan ni al 5% de los kurdos que, en su totalidad, ocupan entre el 10% al 13% de la población general de Irán y el alcance de daños que pudieran llegar a hacer estos grupos armados kurdos es limitado.


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