Mark Carney siente orgullo por ser un tecnócrata de las altas finanzas anglosajonas y un factótum de la élite globalista. No esconde su afiliación a los dictados del Foro presidido por Klaus Schwab y sus deseos de imponer el vasallaje a todos los Estados posibles.
En otros términos, representa la agenda de la corporatocracia frente a la libertad del hombre y el empoderamiento de las naciones.
El primer ministro canadiense quiere conservar el cargo, presentándose a las próximas elecciones parlamentarias para que, posteriormente, sea votado en el parlamento para otro mandato como primer ministro.
Sus estimaciones le señalan que el partido liberal, que tuvo un repunte en el electorado con la política confrontativa de Trump y el desplazó de Trudeau, puede ganar la mayoría de legisladores frente al partido conservador y el partido popular.
Además, se siente confiado, para la obtención de dicho objetivo, por el fuerte financiamiento que tendrá y por los arreglos que pudieran hacer integrantes de los poderes fácticos.
Acostumbrado a frecuentar a los banqueros, empresarios y políticos de gran envergadura, no ve utilidad en concentrarse en los camioneros, los maestros de escuelas y los leñadores.
Los ciudadanos canadienses antiglobalistas afirman que el Canadá imaginado por Carney excluye al pueblo y que tendría unas características que están presentes en la “Iniciativa del Siglo”, cuyo mentor principal es Mark Wiseman, convertido, ahora, en un asesor clave del primer ministro.
Wiseman tuvo un importante papel en BlackRock y, en la actualidad, integra la Banca Lazard.
Carney lo escucha atentamente para dar forma al enfoque para lidiar con Trump en el experimento globalista que intenta expandir detrás de su frase “Hacer avanzar a Canadá”.
Algunas encuestas le dan una ventaja de 2 y 5 puntos sobre el conservador Pierre Poilievre, pero otras refieren a que Carney ya habría llegado a su pico máximo y que podría estancarse cuando falta un mes para las elecciones federales.


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