Hay derrotas que no parecen derrotas. No se plasman en un tratado, no se ven en un mapa, no van acompañadas de ninguna capitulación oficial. Se infiltran en un contrato, una licencia de software, una dependencia técnica inicialmente presentada como temporal, luego renovada en nombre de la eficiencia.
El caso Palantir en Francia pertenece a esta categoría. No narra el colapso de un Estado, sino la vulnerabilidad de una potencia que descubre, en el corazón mismo de su aparato de seguridad, que la soberanía proclamada ya no basta cuando falta soberanía tecnológica.
Francia no es un país cualquiera en este ámbito. Posee poderosos servicios de inteligencia, una sólida industria militar, una doctrina de autonomía estratégica de larga data, una disuasión nuclear independiente y una cultura estatal muy fuerte. Y, sin embargo, tras los atentados de 2015, tuvo que recurrir a una empresa estadounidense, Palantir, para dotar a la DGSI (Dirección General de Seguridad Interior) de una herramienta capaz de analizar grandes conjuntos de datos.
Aquí reside la paradoja: uno de los estados europeos más comprometidos con su independencia accedió a confiar una función esencial de su inteligencia interna a una plataforma diseñada en Estados Unidos, dentro del ecosistema de seguridad estadounidense.
Según la información pública disponible, este no es un uso probado de dicha plataforma por parte de la DGSE (Dirección General de Seguridad Exterior), el servicio de inteligencia exterior francés. El meollo de la cuestión reside en la DGSI, es decir, en la inteligencia interna.
Pero el problema va mucho más allá de la estructura administrativa. Afecta a la naturaleza misma del poder en el mundo contemporáneo. Porque hoy en día el poder ya no consiste únicamente en recopilar información. Consiste en conectarla, priorizarla, interpretarla y transformarla en decisiones. Quien proporciona la herramienta de lectura también proporciona, en parte, la forma mental de la acción.
Europa siempre ha creído que podía separar el poder político del poder digital. Ha mantenido poderosos ejércitos, diplomacias y administraciones, pero ha permitido que las principales plataformas, sistemas operativos, computación en la nube, herramientas de análisis de macrodatos e inteligencia artificial se desarrollen principalmente en otros lugares. El resultado es evidente durante la crisis: cuando se requiere una acción rápida, la herramienta disponible es estadounidense.
Esta dependencia no es meramente financiera. Es cultural y operativa. Cuando un servicio trabaja con una plataforma durante años, aprende a funcionar con ella. Los agentes reciben formación sobre esta interfaz. Las bases de datos se estructuran para ella.
Los métodos de investigación se adaptan a sus capacidades. Los equipos técnicos aprenden a gestionar sus limitaciones. En esta etapa, reemplazar al proveedor ya no es simplemente cuestión de comprar un nuevo software. Requiere reubicar todo un ecosistema.


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