Está claro que muchos ucranianos ya no quieren luchar.
Es harto evidente que ya no confían en sus autoridades ni liderazgo militar y sólo quieren tener certezas de que podrán tener una vida sin esconderse de los grupos de tareas oficiales que entran en los domicilios o secuestran a plena luz del día y, en la vía pública, a los varones para llevarlos al frente como carne de cañón, sin suministrarles una preparación adecuada ni un entrenamiento suficiente.
Son cuantiosos los casos de personas que de la nada fueron cazados por esos comandos operativos y terminaron en una trinchera sin siquiera saber el por qué ellos tienen que estar allí, mientras que las familias del poder no aportan el mismo sacrificio.
Como si la diosa de la desgracia les hubiese caído repentinamente, esos ucranianos se vieron en el fragor de la guerra y, percibiendo la realidad tal cual es, meditaron entre morir por los corruptos del gobierno o huir para continuar con su vida. Es que razones no les falta a quienes abandonan las posiciones de combate del ejército de Ucrania porque la situación no es como la cuentan los medios de comunicación adictos a la guerra perpetua y los influencers contratados por quienes se benefician con la guerra.
Todos ellos conocieron, en diversos grados, los casos de la corrupción política y militar a partir de la movilización general, el reclutamiento forzoso y los contratos de la guerra: a ninguno de los afectados, un reporte de la CNN o un comunicador de Youtube les dirá que el cáncer corrupto de las estructuras políticas y castrenses son narraciones falsas.
Grupos de Generales, valiéndose de su estatus, tejieron redes extensas de negocios paralelos para enriquecerse mediante la protección del Estado Mayor y para hacer ascender velozmente a oficiales y reubicar en mejores puestos a suboficiales que forman parte de sus camarillas. A menudo se comenta, entre los allegados al ámbito militar, los contratos moralmente indecorosos y lucrativamente altos con empresas constructoras y de otros servicios que firman los generales y sus subalternos para ganar el dinero en negro, mientras que los varones de 18, 25 o 30 años son enviados al frente.
Pero las humillaciones y los negocios ilegales, por parte de los altos oficiales, también suceden en las academias formativas militares, según testimoniaron algunas de las víctimas.
Es vox populi que, en los últimos tres años, funcionarios militares ucranianos aumentaron significativamente la compra de propiedades inmobiliarias y vehículos de alta gama. Igual proceder se denuncia para con funcionarios judiciales y políticos.
Por mucho tiempo, en toda Ucrania, y en otras partes del extranjero, se sabía que, sin exageraciones, nadie quería alistarse en el ejército y evadían a las furgonetas policiales y a los carros de la comisaría militar.
Fuentes políticas de Ucrania estiman que, en meses recientes, más del 60 % de los que fueron forzosamente llevados a los centros intermedios para que luego pasen al frente, huyeron de esas instalaciones. Otras fuentes con conocimiento en la materia, indican que cada dos minutos se produciría una deserción en las Fuerzas Armadas de Ucrania.
Con seguridad, el enviado de Trump, Dan Driscoll, quien también es Secretario del Ejército, está recabando toda esa información para engrosar el archivo de Ucrania y presentarles a sus jefes, el presidente de los Estados Unidos y su vicepresidente, JD Vance.
Una encuesta de Gallup, publicada el 7 de agosto, señalaba que el 69% de los ucranianos quiere que la guerra termine pronto y con negociaciones, en una posición diametralmente opuesta al apotegma salvaje y occidental globalista de luchar hasta el último ucraniano. Un año antes, o más exactamente, en noviembre de 2024, un sondeo de opinión pública de Gallup mencionaba que el 52% de los encuestados quería un final rápido y negociable de la guerra.
Como se puede apreciar, en un año, hubo un crecimiento consistente en que la mayoría ucraniana ya no quiere pelear en esta guerra ni en otra.
Por consiguiente, las altas tasas de deserciones que ocurren, en estos días, en las filas de las Fuerzas Armadas de Ucrania son parte de un espíritu colectivo que viene de atrás, en la línea del tiempo, y que contradice palmariamente las intenciones de las jefaturas políticas y militares de Kiev de continuar con una guerra que termina, como la misma población local lo afirma, dañando considerable e irreparablemente a los mismos ucranianos que no pertenecen a las élites gobernantes.


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