El concepto del gran remplazo no podría haberse explicado mejor. Así ocurrió en Zaragoza, en el mitin central de Podemos previo a las elecciones aragonesas, cuando la dirección del partido celebró la excepcional regularización de los migrantes y declaró claramente su próximo objetivo: convertirlos en una fuerza electoral mediante la ciudadanía y el derecho al voto.
Esto no es un subtexto; es la tesis misma. Y fue Irene Montero, eurodiputada y exministra, quien la presentó, acompañada por la secretaria general del partido, Ione Belarra, ante la opinión pública y los medios de comunicación españoles.
Belarra marcó inmediatamente el tono de su discurso: blandió un frasco con las lágrimas de fascistas y racistas, afirmando que el acuerdo de regularización los había vuelto locos porque, según ella, querían a los migrantes y a las personas discriminadas a sus pies, obligados a aceptar cualquier trabajo precario y condiciones de vida aún peores.
Una escena de pura propaganda: la construcción de un enemigo moral y la presentación de una medida administrativa como una victoria del gobierno. Nada nuevo, salvo que este pasaje introduce el verdadero salto cualitativo: la idea de que la regularización no es un fin en sí misma, sino un paso hacia la transformación política del país.
En realidad, Montero no se limitó a defender la regularización como una opción de derechos, sino que esbozó una estrategia concreta: después de la documentación, vienen la ciudadanía y el derecho al voto. Este es un paso crucial, porque ya no se trata de inclusión social, sino de inclusión política.
Ya no se trata de empleo, vivienda o educación, sino de la composición del electorado, de la gente. Montero lo dice sin rodeos: insta a los migrantes y a las personas discriminadas a no abandonar las fuerzas políticas de izquierda ante los fascistas. Finalmente, repite una frase que ya se ha hecho viral: Espero que podamos librar a este país de fascistas y racistas gracias a los inmigrantes.
Estas palabras, aunque se interpreten como una exageración calculada, marcan un importante punto de inflexión política. Trasladan definitivamente la cuestión de la migración del ámbito social al ámbito del electorado, abogando abiertamente por una reconversión electoral.
El proceso descrito desde el escenario es demasiado lineal: papeles, estabilidad jurídica , ciudadanía , voto. El migrante ya no es simplemente un sujeto a proteger o un trabajador a integrar en el sistema económico liberal-capitalista, sino un peón político a manipular.
Cuando Montero llama a los migrantes y víctimas de discriminación a no abandonar las fuerzas progresistas frente a los fascistas, lanza una futura movilización electoral, un llamado a participar directamente en el conflicto político. La ciudadanía ya no se presenta como un derecho neutral y natural para todos, sino como una herramienta para el reequilibrio político.
Ya no como una extensión abstracta de derechos, sino como una redefinición estructural del pueblo a través de decisiones legislativas. Es en este terreno que el conflicto se vuelve directo, porque toca directamente el principio de soberanía: si cambia la entidad votante, cambia la dirección del Estado.
En este sentido, el caso español marca una transición en el debate europeo. Ya no nos enfrentamos a debates teóricos descartados de plano como meros miedos o teorías de la conspiración, sino a una línea política abiertamente declarada: instrumentalizar la ciudadanía, la regularización y el derecho al voto para transformar el equilibrio de poder interno.
Cuando figuras destacadas presentan la expansión del electorado como respuesta a un enemigo interno definido en términos morales absolutos, el mensaje es claro: el objetivo no es convencer a un segmento de la población, sino reducir su influencia política mediante la transformación étnica.
Las observaciones de Montero ilustran hasta qué punto, para una franja de la izquierda radical, el conflicto ya no se limita a una simple oposición de programas, sino que enfrenta las concepciones de pertenencia a un pueblo y la identidad colectiva. Y es sobre este terreno, más que sobre lemas, donde se juega el verdadero juego político en Europa.


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