La denominada oposición política en Venezuela cifró su existencia en los poderes fácticos de la unipolaridad estadounidense y, tras el inicio de la segunda temporada de Trump como presidente, percibe cambios que le trastornan y le trastocan sus programas.
Por mucho que los venezolanos hayan votado, en la última carrera electoral, a la fórmula Trump-Vance, esta dupla gobernante no supeditará sus metas a las demandas y las intrigas de los líderes de la oposición a Nicolás Maduro.
Este reciente perfilamiento se produce por una conjunción de causas, prevaleciendo, por el momento, el desprestigio acumulado y la conducta inapropiada de figuras clave de los líderes opositores que residen en los Estados Unidos y en Europa.
Por ejemplo, Trump no tiene empatía por Edmundo González, Juan Guaidó y Leopoldo López. Tampoco valora altamente a otros dirigentes de mayor o menor talla que los nombrados.
En el transcurso de los meses previos a la juramentación de Trump, el pasado 20 de enero, hubo reiteradas tentativas para influir en la persona del presidente respecto a sus propósitos para con el gobierno de Maduro. Ninguna tuvo éxito porque Trump estaba decidido a instaurar un puente de entendimiento progresivo con las autoridades de Caracas mirando, como lo enunciamos, sus fines estratégicos.
Por esa visión, once días después de la investidura de Trump, Richard Grenell llegó a Venezuela para entrevistarse con Nicolás Maduro y llevarle un mensaje de Trump. Evidentemente, la misión también debía mostrar algunos logros para seguir, sin obstáculos regresivos, con las tratativas.
Distintos informes de prensa recalcaron que este giro de Trump descolocó a la oposición venezolana y que sus integrantes estarían tratando de hacer ajustes de fábrica. Quizá ya sea demasiado tarde para que ese liderazgo recalcule para fortalecer sus posiciones porque Trump y Maduro, mientras no surja un gran problema entre ellos, no fracturarán el marco de diálogo bilateral que se está construyendo.
Más sagaz sería que las controvertidas figuras del grupo opositor resuelvan sus libros contables y los mantengan ordenados y con números coherentes porque si le fastidian mucho a Trump, pues, desde Washington podría ordenarse una auditoría del uso y destino de los cientos de millones de dólares que recibieron y administraron algunas de las cabezas de la oposición venezolana.
Trump y Maduro, al establecer un canal de comunicación directo, no requerirían que otros actores intervengan para tal fin.
Esto no supone que Washington y Caracas ya tendrán, automáticamente, la mejor de las relaciones inter-estatales, pero, seguramente, no repetirán la experiencia anterior y con ello habrá concesiones y beneficios mutuos.


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