Un nuevo código se propagó en los mentideros de la política, en la comentocracia de los medios de comunicación y en la oceanidad cibernética.
8647 no es una numeración lúdica o cinematográfica porque, en el argot cultural estadounidense, significa deshacerse (86) de Trump (47° presidente constitucional) y, por tal motivo, el Servicio Secreto tomó -de forma inmediata- las precauciones pertinentes y se abrió una investigación que, en un principio, se personalizó en quien fuera el séptimo director del FBI, James Comey, y que sufrió su despido por una orden directa de Trump en mayo de 2017.
Ocho años más tarde de ese acontecimiento, Comey publicó, en sus redes sociales, un mensaje conteniendo el atrapante 8647, pese a que luego lo borró y, en un mensaje posterior, negó que tuviera el propósito de estimular a un asesinato contra Trump.
Como suele ser normal en estas circunstancias, la Directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, declaró que Comey debería ser detenido porque, según Trump Jr., el exdirector del FBI y hombre fuerte del establecimiento profundo, insinuó “con total naturalidad que deberían asesinar a mi padre”.
Desde entonces, las trincheras de MAGA dispararon contra esa denunciada maquinación, alertando que las fauces demócratas querían librarse cruentamente del líder global, Donald Trump.
Debido a la naturaleza de la investigación, se dispuso filtrar lo menos posible la cantidad de datos recabados, pero fuentes que siguen la trama aseguran que los investigadores habrían encontrado otros elementos significativos.
Es relevante mencionar que las amenazas de muerte, veladas o no, contra la figura presidencial aumentaron, en el último mes y medio, y se dieron en una atmósfera compleja en la que Trump despide a funcionarios y operativos de seguridad, recorta una parte del financiamiento de las cloacas y cancela algunos de los planes del eje globalista y del neconservadurismo vinculado al sionismo.
Por lo que no puede descartarse que Trump tenga, momentáneamente, una “sobrecarga emocional”, junto a una permanente y clara comprensión sobre quienes estarían operando para forzarle a una retirada de sus posiciones especiales y trasladándole “advertencias” que serían potencialmente letales.
Una interpretación primaria podrá quedarse encerrada en la apariencia de los hechos y en la monocausalidad, según esos reflejos. Por el contrario, una introspección menos ingenua y más aguda no verá un elefante en una casa, sino que mirará y pensará proporcionada y ajustadamente conforme a las evidencias fácticas y al razonamiento coherente y prudente, atendiendo a las señales contadas y no contadas por los mensajeros de lo curvilíneo.
Expertos antiterroristas vienen hablando de la presencia, en el territorio de los Estados Unidos, de más de mil activos del ISIS (y organizaciones mellizas) y muy poco hablan de los movimientos operacionales de los servicios de inteligencia de los aliados internacionales de los Estados Unidos.
Cualquier persona con conocimiento en la materia sabe que, al menos, dos de estos estados extranjeros tendrían a sus dispositivos en el mismo aparato de seguridad norteamericano o que trabajarían estrechamente, y en un modo externo, en asuntos muy escabrosos con grupos enquistados en el área de seguridad nacional.
Para no extendernos demasiado, podemos plantear las siguientes preguntas que también se hacen ciudadanos estadounidenses:
¿James Comey alentó a un magnicidio o avisó sobre cuestiones inherentes a posibles preparativos del mismo?.
¿Le sirvió el alerta para su megalomanía o para negociar algo?.
¿Las leales trumpianas de Tulsi Gabbard y Kristi Noem descubrieron conexiones subterráneas y que son poco confesables al público?.
Estamos seguros de muchas cosas, aún de aquellas que hablan de que Donald Trump seguirá firme y que, en esta ocasión, sí se rodeó de leales a él.


Deja una respuesta