El multilateralismo, entendido como un marco de cooperación entre múltiples actores basado en principios compartidos, ha sido un pilar del orden global desde hace siglos. Desde la antigua Grecia en la hasta el Tratado de Westfalia (1648) y el establecimiento de las Naciones Unidas en 1945, este modelo ha evolucionado para fomentar la paz y la cooperación internacional.
Sin embargo, su historia no ha estado exenta de desafíos: la Guerra Fría polarizó las decisiones globales, las crisis petroleras de los setenta expusieron vulnerabilidades económicas, y conflictos como los de Corea y Vietnam cuestionaron la autoridad de la ONU.
Además, la descolonización africana y el ascenso de actores no estatales han diversificado las voces en el sistema internacional, exigiendo adaptaciones constantes. A pesar de estas tensiones, el multilateralismo ha demostrado una notable capacidad de reinvención.
Hoy, sin embargo, enfrenta una crisis renovada. Las instituciones globales, diseñadas para garantizar la paz y la seguridad, luchan por abordar desafíos contemporáneos dentro de un marco de derecho internacional, a menudo limitado por estructuras obsoletas.
El estancamiento del Consejo de Seguridad de la ONU y la incapacidad para resolver conflictos como el de Israel y Palestina desde 2023 son ejemplos claros. En el ámbito económico, la política unilateralista de Estados Unidos, con aranceles agresivos que recuerdan a la Ley Smoot-Hawley de 1930, amenaza el comercio global.
Según el informe de la OMC del 16 de abril, estas medidas podrían reducir el comercio mundial de mercancías en un 0,2% en 2025, con un impacto potencial de hasta el 1,5% si la escalada continúa. América del Norte enfrentará caídas significativas en exportaciones (12,6%) e importaciones (9,6%), mientras que América del Sur, Asia, África y Oriente Medio sufrirán contracciones o crecimientos marginales, afectando especialmente a economías dependientes del comercio exterior.
Esta postura proteccionista de Estados Unidos no solo perjudica su propia economía, sino que debilita el multilateralismo que ayudó a construir. La fragilidad de la ONU, la ineficacia de la OMC y el auge de acciones unilaterales generan inestabilidad, aumentando el riesgo de conflictos económicos y armados. En este contexto, el multilateralismo necesita una renovación urgente para adaptarse a los retos del siglo XXI.
En medio de esta crisis, el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) emerge como una fuerza transformadora. En la XVII Cumbre del BRICS en Río de Janeiro, Brasil propone el lema Fortalecer la cooperación en el Sur Global para una gobernanza más inclusiva y sostenible, centrándose en la reforma de la arquitectura multilateral, el comercio, la inversión y las finanzas.
En el ámbito político, el BRICS ha mostrado un compromiso con la diplomacia. Ejemplos incluyen la iniciativa de paz chino-brasileña para Ucrania, la mediación de Emiratos Árabes Unidos en la liberación de prisioneros, y la propuesta saudí de una solución de dos estados para el conflicto israelo-palestino. Estas acciones reflejan la capacidad del grupo para promover la paz y el diálogo, incluso ante diferencias internas.
Económicamente, el BRICS impulsa la reforma de instituciones como el FMI y el Banco Mundial para aumentar la representatividad de los países en desarrollo. Además, fortalece sus propias instituciones, como el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), que financia proyectos sostenibles, y el Acuerdo de Reserva Contingente (CRA), que apoya a los miembros en crisis financieras.
El NBD, según el informe Evaluation Lens (diciembre de 2024), ha logrado calificaciones muy satisfactorias en la mayoría de sus proyectos, demostrando la viabilidad de instituciones alternativas. La presidencia brasileña también busca una postura común en la OMC para promover un sistema comercial más equilibrado.
El BRICS+, ampliado para incluir nuevos socios y representar casi la mitad de la población mundial, se posiciona como un contrapeso al G7. Esta coalición ofrece a países del Sur Global una plataforma para desafiar el orden internacional liderado por Occidente. Para China, el BRICS+ es una vía para acceder a mercados no alineados con Estados Unidos, asegurando recursos críticos y expandiendo su influencia.
Este cambio geopolítico altera las dinámicas de inversión. Durante décadas, los inversores se han basado en el libre comercio, la globalización y la paz garantizada por un sistema unipolar. Sin embargo, los aranceles de Trump y las represalias chinas reflejan una competencia bipolar que cuestiona estas premisas. El BRICS+ destaca por su control de recursos clave (tecnología, energía, tierras raras), rutas comerciales marítimas y capacidades militares, posicionándolo como un actor central en la economía global.
Las oportunidades de inversión ahora requieren un enfoque temático, centrado en los motores del crecimiento futuro: tecnología (especialmente IA y chips), energía (verde y nuclear), materias primas y productividad (IA y robótica). Países del BRICS+, como China con su dominio en minerales críticos, tienen ventajas competitivas.
Sin embargo, la fragmentación del comercio, la menor liquidez y el aumento del riesgo político exigen estrategias más activas. La repatriación de la producción, como propone Trump, puede generar inflación, mientras que la polarización económica aumenta los costos del capital.
En este entorno, los inversores deben diversificar entre mercados públicos y privados, priorizando la resiliencia económica y la exposición a sectores estratégicos. El BRICS+ no solo desafía el statu quo, sino que ofrece un modelo de gobernanza y cooperación que podría redefinir el orden global, promoviendo un multilateralismo más inclusivo y sostenible.


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