Una Iglesia fue destruida y quemada por colonos judíos en Palestina, en el Congo se produjo recientemente una matanza de cristianos con la consiguiente quema de su templo, en Nigeria idéntica situación… y es un suma y sigue. Occidente calla y los medios europeos siguen las directrices de unos dirigentes que han traicionado a sus propias raíces.
Por todas partes, la libertad de culto y la inviolabilidad de los lugares cristianos están siendo pisoteadas con una brutalidad que va mucho más allá de un solo incidente. Los cristianos son la comunidad religiosa más perseguida:
380 millones de personas, según Puertas Abiertas, con casi 5.000 asesinados solo en 2024, especialmente en África, Oriente Medio y Asia. Esta violencia debe considerarse una de las grandes tragedias de nuestra Historia contemporánea. Si queremos evitar un choque de civilizaciones, debemos abordar urgentemente esta cuestión.
La cruz blanca junto a la Iglesia arrasada, una imagen muy triste. La visita del Patriarca de Jerusalén a la única iglesia de la Franja. La condena del Papa Leon XIV. Estas imágenes desencadenaron la indignación, el tiempo justo para ser olvidadas de inmediato. Las Fuerzas de Defensa de Israel clasificaron el incidente como un error técnico y asumieron la responsabilidad.
La llamada telefónica de Trump a Netanyahu expresó el malestar reinante en la derecha evangélica estadounidense, tradicionalmente aliada de Israel. Pero no hubo ningún esfuerzo por centrarse en lo realmente preocupante, esa violencia repentina que se ha desencadenado súbitamente.
La cristianofobia en Occidente continúa sin cesar. Una Europa para la que los derechos universales se han convertido en su religión civil tiende a relativizar a quienes mueren con una cruz en el pecho. Reinan el miedo y la indiferencia.
El miedo a las represalias, como tras el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, se distorsiona y manipula incluso en Europa, cuando la violencia fundamentalista ensangrentó Oriente Medio. Pero, sobre todo, la indiferencia hacia las comunidades que no renuncian a su fe y están dispuestas a pagar con su vida.
El Vaticano sigue construyendo puentes y cultivando el diálogo interreligioso. Es su estilo, su discreción diplomática. Pero las democracias occidentales tienen un deber diferente: garantizar corredores humanitarios, protección, además de sanciones contra quienes cometen crímenes atroces.


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