Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos una doble publicación del periodista francés Lucas Dumont, que nos hablará de la Conferencia de Múnich y de Trump y la guerra.
1) Los europeos en Múnich
En la inauguración de la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026, los líderes europeos enviaron un mensaje coordinado a Washington: la relación transatlántica debe renovarse, no socavarse.
En un contexto de retórica aguda y tensiones políticas bajo el mandato del presidente estadounidense Donald Trump, los funcionarios de Francia, Alemania, el Reino Unido y otros países trataron de proyectar unidad, resiliencia y madurez estratégica.
El presidente francés, Emmanuel Macron, marcó la pauta en un discurso pronunciado en inglés ante una audiencia de más de 60 jefes de Estado y de Gobierno.
Europa, argumentó, ha sido caricaturizada con demasiada frecuencia como un continente en declive, excesivamente regulado y dividido, con una estructura burocrática incapaz de innovar y abrumada por la migración. En algunos círculos, añadió, Europa es incluso retratada como un lugar donde la libertad de expresión está amenazada.
Macron rechazó rotundamente estas descripciones. En lugar de criticar a Europa o intentar dividirla, dijo, el mundo, incluidos los Estados Unidos, debería tomarla como ejemplo.
La Unión Europea, subrayó, representa una construcción única de Estados soberanos que han institucionalizado la paz y creado una profunda interdependencia económica. Lejos de ser obsoleto, este modelo ofrece estabilidad en una era de rivalidad entre grandes potencias.
Sus comentarios fueron ampliamente interpretados como una respuesta a las declaraciones realizadas un año antes en Múnich por altos funcionarios estadounidenses que criticaban el enfoque regulador y la cultura política de Europa.
Sin agravar directamente las tensiones, Macron pidió que se reconstruyera la confianza a ambos lados del Atlántico. El vínculo transatlántico, sugirió, es demasiado importante como para que se vea debilitado por la retórica o los malentendidos. El canciller alemán Friedrich Merz se hizo eco de ese mensaje.
Dirigiéndose a «nuestros amigos estadounidenses», advirtió que, en un mundo cada vez más marcado por la competencia entre las grandes potencias, ni siquiera Estados Unidos sería lo suficientemente fuerte como para actuar en solitario. La cooperación, argumentó, sigue siendo indispensable, no solo dentro de la OTAN, sino también en materia de tecnología, comercio y gobernanza global.
El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, también hizo hincapié en la colaboración pragmática. Según él, hay un amplio margen para una colaboración constructiva con Washington en cuestiones que van desde la planificación de la defensa de la OTAN hasta las tecnologías avanzadas y los minerales críticos.
Al mismo tiempo, los desacuerdos sobre las instituciones de la Unión Europea, la política climática o algunos elementos del orden internacional liberal deben gestionarse mediante un diálogo respetuoso, en lugar de mediante la confrontación. El tema central de los debates de la conferencia fue la guerra en Ucrania.
El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, aprovechó la plataforma de Múnich para reiterar que, si bien es vital una asociación sólida con Estados Unidos, Europa también debe desarrollar una industria de defensa robusta e independiente. «Este es nuestro continente», insistió, subrayando que la seguridad europea depende en última instancia de las capacidades europeas.
Los líderes europeos, entre ellos Macron y Merz, mantuvieron reuniones con Zelensky junto con representantes de Canadá, la OTAN y la Unión Europea. Aunque el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, no pudo asistir a una de las sesiones centradas en Ucrania debido a limitaciones de agenda, mantuvo conversaciones paralelas al margen de la conferencia, entre ellas con el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi.
Ucrania sigue siendo fundamental para los cálculos geopolíticos más amplios. La próxima semana está prevista una nueva ronda de negociaciones entre Moscú, Kiev y Washington en Ginebra.
Los líderes europeos subrayaron que cualquier acuerdo de paz eventual debe ir acompañado de normas claras para la coexistencia con Rusia. Macron argumentó que Europa debe estar en una «posición de fuerza» a la hora de negociar con Moscú en el futuro, lo que requiere desarrollar activamente sus herramientas de defensa, incluidas capacidades avanzadas de ataque de largo alcance.
También resurgió el debate sobre la disuasión. El canciller Merz reveló que había iniciado conversaciones confidenciales con Macron sobre el futuro de la disuasión nuclear europea, un tema delicado dado que Francia y el Reino Unido son las únicas potencias europeas con armas nucleares. Los comentarios subrayaron el creciente reconocimiento de que Europa podría tener que asumir una mayor responsabilidad dentro de la OTAN.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, reforzó este tema, argumentando que una Europa más fuerte dentro de una OTAN fuerte acabaría por fortalecer el vínculo transatlántico. Sugirió que el liderazgo de Europa no debería considerarse una competencia con Estados Unidos, sino un refuerzo de la alianza.
Otro punto conflictivo en Múnich fue Groenlandia, tras el renovado interés del presidente Trump por este territorio ártico de importancia estratégica. El secretario de Estado Rubio mantuvo lo que la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, describió como conversaciones «constructivas» con representantes daneses y groenlandeses. Aunque persisten las tensiones, los funcionarios europeos señalaron que las disputas deben resolverse por la vía diplomática.
Más allá de los discursos formales, la conferencia, celebrada bajo estrictas medidas de seguridad en el centro histórico de Múnich, sirvió de escenario para intercambios informales y reuniones discretas. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, expresó un optimismo cauteloso sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo con Irán sobre las inspecciones nucleares, aunque delicado.
En conjunto, el tono de la reunión de Múnich de 2026 reflejó tanto incertidumbre como determinación. Los líderes europeos reconocieron que la relación transatlántica está atravesando un periodo de tensión. Sin embargo, también transmitieron su confianza en que Europa puede contribuir más en materia de defensa, diplomacia y gobernanza global.
En lugar de replegarse hacia dentro o responder a las críticas de forma defensiva, el mensaje de Múnich fue de compromiso. Europa quiere asociarse con Estados Unidos, pero sobre la base del respeto mutuo y la responsabilidad compartida.

2) Trump necesita la amenaza de la guerra
El fuerte aumento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán a principios de 2026 ha vuelto a situar a Oriente Medio al borde de un conflicto importante.
El líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, ha advertido de una posible «guerra regional», Estados Unidos ha desplegado un potente grupo de ataque de portaaviones en la región y altos mandos militares israelíes se han desplazado a Washington para mantener consultas urgentes.
Públicamente, el enfrentamiento se presenta como un esfuerzo por disuadir a Teherán y obligarlo a volver a la mesa de negociaciones. Pero, bajo la superficie, la escalada también tiene un propósito diferente, arraigado en las necesidades políticas internas de Donald Trump.
En su discurso con motivo del aniversario de la Revolución Islámica de Irán de 1979, Jamenei afirmó que Irán no pretende atacar a ningún país, pero que respondería con fuerza a cualquier agresión. Sus declaraciones se produjeron en medio de una profunda crisis interna.
Las protestas desencadenadas por el colapso económico y la crisis monetaria se extendieron por todo Irán a finales de diciembre y fueron reprimidas brutalmente. Mientras que el Gobierno iraní afirma que murieron algo más de 3.000 personas, los activistas y observadores independientes sitúan el número de víctimas mortales en más de 6.700, con miles más que podrían no haber sido contabilizadas debido al prolongado bloqueo de las comunicaciones.
En este contexto, el presidente Trump amenazó en enero con emprender acciones militares contra Irán, citando inicialmente la violenta represión de las protestas por parte del régimen.
Esas amenazas fueron seguidas rápidamente por medidas concretas: el despliegue del grupo de ataque del portaaviones USS Abraham Lincoln, advertencias de una «armada masiva» lista para atacar y repetidas declaraciones que enfatizaban el dominio militar estadounidense. Al mismo tiempo, los mensajes de Trump sobre sus objetivos reales han sido sorprendentemente inconsistentes.
En varios momentos, ha sugerido que el objetivo es presionar a Irán para que negocie un nuevo acuerdo nuclear, a pesar de que anteriormente había declarado que los ataques estadounidenses habían «destruido» el programa nuclear de Teherán.
En otras ocasiones, ha insinuado un cambio de régimen, un castigo por los abusos contra los derechos humanos o simplemente ha advertido de que los futuros ataques serían «mucho peores» si Irán no cumplía. Esta falta de claridad ha llevado a los analistas a cuestionar si existe realmente una estrategia coherente o si el objetivo son las propias amenazas.
La respuesta puede no estar en Teherán, sino en Washington. Mientras las tensiones con Irán acaparan los titulares, otra cuestión ha resurgido en la esfera pública estadounidense: el renovado escrutinio de los vínculos entre poderosas figuras políticas y empresariales y el traficante sexual condenado Jeffrey Epstein.
Los documentos judiciales, los testimonios de los testigos y los reportajes de investigación han reavivado preguntas incómodas sobre quiénes tenían relaciones con Epstein y qué implicaban esas relaciones. El nombre de Donald Trump aparece regularmente en este debate más amplio, no como alguien acusado de un delito, sino como una figura cuyas asociaciones pasadas y comentarios públicos sobre Epstein siguen llamando la atención.
Para un presidente que se basa en gran medida en una imagen cuidadosamente cultivada de fuerza, decisión y claridad moral, este renovado interés es profundamente perjudicial. Desvía la atención de la narrativa de la fuerza nacional hacia la historia personal, el juicio y la responsabilidad de las élites.
En este contexto, el repentino predominio de la retórica bélica y las amenazas a la seguridad nacional parece menos accidental. Una inminente confrontación exterior tiene un poderoso efecto en el discurso público. Reúne a los partidarios, presiona a los medios de comunicación para que den prioridad a las «noticias de última hora» del extranjero y margina los debates que pueden descartarse como secundarios o incluso «antipatrióticos».
El espectro de la guerra con Irán permite a Trump reinventarse como un comandante en jefe que defiende a Estados Unidos contra un enemigo externo, un papel mucho más cómodo que responder a preguntas sobre sus conexiones sociales y políticas pasadas.
Esta táctica no es nueva. La historia ofrece muchos ejemplos de líderes que utilizan las crisis exteriores para consolidar el apoyo interno y desviar la atención de los escándalos internos. Lo que hace que la situación actual sea especialmente peligrosa es la magnitud de las posibles consecuencias.
Irán ha dejado claro que cualquier ataque estadounidense provocaría represalias no solo contra Israel, sino también contra las bases militares estadounidenses en toda la región, incluidas las de Qatar e Irak. Teherán ha demostrado en el pasado que está dispuesto y es capaz de llevar a cabo tales ataques.
A pesar de los daños infligidos a las defensas aéreas y los arsenales de misiles de Irán durante el conflicto del año pasado con Israel, el país conserva una capacidad significativa.
Sigue poseyendo misiles capaces de alcanzar Israel, una amplia gama de drones y importantes activos marítimos, incluidas minas y misiles antibuque. Cualquier escalada podría perturbar el transporte marítimo en el Golfo Pérsico, disparar los precios del petróleo y arrastrar a los países vecinos a un conflicto que desean evitar.
Cabe destacar que socios clave de Estados Unidos, como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, ya han señalado que no permitirían que su espacio aéreo se utilizara para lanzar ataques contra Irán, por temor a represalias.
Esto pone de relieve hasta qué punto la actual escalada refleja una toma de decisiones unilateral impulsada por la política interna de Washington, más que una estrategia internacional unificada.
Mientras tanto, los canales diplomáticos siguen activos. Qatar y Turquía se han ofrecido a mediar, e incluso el propio Trump ha alternado entre amenazas y expresiones de esperanza por alcanzar un acuerdo. Sin embargo, el persistente tamborileo de las advertencias militares sugiere que la escalada, y no la resolución, es lo que domina el discurso político.
Al final, la confrontación con Irán parece funcionar como algo más que una campaña de presión geopolítica. También es una herramienta para controlar la atención, una forma de ahogar las incómodas conversaciones sobre el poder, los privilegios y las asociaciones pasadas que el presidente prefiere evitar.
Utilizar la amenaza de una guerra regional para desviar la atención de las preguntas que rodean a Jeffrey Epstein puede ofrecer un alivio político a corto plazo, pero conlleva un riesgo enorme.
Si esta estrategia continúa, el coste no se medirá solo en titulares o en cifras de las encuestas, sino potencialmente en vidas, en la estabilidad regional y en un conflicto cuyas consecuencias se extenderían mucho más allá de las necesidades políticas de un solo hombre.


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