Lo que parecía, hasta hace poco, un surrealismo, está sucediendo en la actualidad de una manera viva y descarnada.
El establecimiento liberal-atlantista vive momentos de angustia y desesperación porque ya no pasa por sus mejores días. Su “época dorada” ya pasó. Se halla sumergida en su decadencia mortal y sólo puede optar por reducir o acelerar, en el plano del Tiempo, la velocidad de su muerte.
Claro está que todavía goza de una capacidad de poder que es importante en muchos contextos que sobrepasan los confines estadounidenses y, ello explica, en parte, el por qué sus socios y vasallos internacionales esperan hechos repentinos e inesperados que salgan de la fragua de las élites globalistas que tienen su sede en los Estados Unidos.
Cotidianamente vemos la actitud de personajes de la política, el periodismo, el academicismo, el entretenimiento y lo empresarial alineados con el partido demócrata regurgitando sus odios y reclamando que la “pesadilla Trump” sea cortada cuanto antes.
Tales pedidos se golpean contra la realidad dura como el agua del mar lo hace con una roca. Pero, paradójicamente, esos pedidos se les vuelven en contra; recibiendo los fanáticos e intransigentes liberales una creciente erosión de sus valores, medios y fines.
Degradación y decremento que, no casualmente, repercutirían, en teoría, en un aprovechamiento para las proyecciones de aquellos actores que fueron objeto de las guerras duras y blandas de los demócratas y republicanos del Deep State, de la locura globalista de los Estados Unidos.
Enajenación que dañó al mundo y que la lógica de Trump deberá atender porque Estados Unidos tiene una mala imagen en el mundo y que un enfoque de “Bang, bang” podría no ayudar a su erradicación.
Regresando a la domesticidad del estado americano:
Los prosélitos demócratas gritan, de una forma perturbada, que Elon Musk tiene que ser encarcelado.
Sobre esto, hablaremos más adelante.


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