Está claro que el modelo trumpiano debe progresar rápida, consistente e integralmente si realmente quiere imperar en la arquitectura de poder de los EE.UU.
Según los indicadores duros, los planes del formato Trump se van desplegando con la recuperación de espacios y la retoma de controles que habían perdido hace 4 años cuando el bando de los demócratas reconquistó el timón político y federal del estado.
Una de las áreas más complejas y traumáticas con la deben tratar Donald Trump y sus colaboradores es la de Defensa o, mejor dicho, el Pentágono.
Las filas militares rivales de Trump todavía confían en que podrán contrarrestar, con relativo éxito, las disposiciones y las reformas que fueron pensadas y estipuladas por quienes, en estos días, tienen el mando del despacho oval y la oficina de la dirección política del Pentágono.
Generales y burócratas del Pentágono que, ideológica, política e históricamente pertenecen al demo-globalismo, están siendo reexaminados, trasladados a lugares menos clave y hasta están viendo cómo se estarían congelando el curso de ascenso de su carrera profesional.
En concreto, el pilar militar es otra zona de batalla entre dos oponentes que se ven como enemigos.
Desde la estrategia de la misión política, se bajaron las líneas para que el Pentágono abandone la priorización de la agenda de la ideología de género y, desde la estrategia de la misión económica, desciende el intento de la auditoría sobre los recursos financieros y armamentísticos que se distribuyeron, prácticamente, en todo el mundo.
Ante esta última dimensión, se podrá ser -y con razón- escéptico en cuanto a si, finalmente, se concretará o no una investigación exhaustiva y objetiva, pero no se puede negar la intención subjetiva de hacerlo por parte de algunos miembros del equipo que plantea esa auditoría.
Probablemente, en la evolución de esta situación, se llegará a plasmar un punto de acuerdo que satisfaga los intereses de los actores intervinientes con más pérdidas que ganancias para uno de los sectores.


Deja una respuesta