Las Pascuas de Resurrección son una de las tres conmemoraciones más sagradas que tiene el mundo cristiano por todo lo que significan espiritual e históricamente. Su símbolo no es un caminar regresivo, sino que es un siempre presente aún en el futuro que todavía no lo conocemos ni lo transitamos porque la Victoria de Cristo es por los siglos de los siglos y más aún: es el Bien Infinito.
Su Corazón Sagrado modela el bien que -debemos recordar- no es inferior al mal porque este es, en esencia, sólo la ausencia del Bien. Esto imposibilita que, en los acontecimientos históricos, el Bien sea derrotado para siempre o que sea cancelado en la historia venidera.
Los comentarios precedentes sirven para decir unas palabras sobre la Hispanidad en los contextos y tendencias de la geopolítica mundial.
La Hispanidad no es, en esencia, Cristo, pero si existe cristianismo en ella desde su mismo origen. Y fue Cristo quien nos legó, desde el Gólgota, a su Madre. Y su Madre también es simiente de la Hispanidad.
Los enemigos de Cristo fueron quienes azotaron, en el transcurso de los últimos siglos, al hispanismo en su afán dar muerte a la Hispanidad. Entre los campamentos que hicieron ello, figura el poder anglo que podrá, ante la externalidad, rezarle a Cristo, pero que, indudablemente, no tuvo, ni tiene, a Cristo en su alma.
El mal geopolítico de la perfidia anglosatánica puede dar la apariencia de un prevalecimiento sempiterno, pero la Hispanidad no puede ser extirpada del cosmos y del crono.
Y ésta – la Hispanidad- vuelve a mostrarse, en estos días que contienen genuflexiones venales y oscurecimientos transitorios, como un pilar que, aclaramos, no es una sombra de la Zaragoza del año 40 ya que es la misma Pilarica la que subsiste en el ideario hispanista del tercer milenio.
Así, como se tiene como una verdad de que no hay resurrección sin tumba, del mismo modo no hay Hispanidad sin María.
La Madre de Dios que fue la única que mantuvo, sin dudar, sin quitar algo y sin desfallecer, la convicción del Hijo en aquel Sábado de Pasión.
La Madre de Dios, la aplastadora de la serpiente críptica, es compañera y protectora de los hispanistas esclarecidos que han venido develando, exponiendo y denunciando los tizones de los escribas y las intenciones de los fariseos que intentan un nuevo orden mundial contra Dios.
Haciendo trizas, mediante el verbo de Cervantes y con los hechos existencialmente heroicos y no mitológicos, algunas de las arrogancias más innobles de los que se autocreyeron regentes del universo usando un algoritmo globalcéntrico.
Estos hispanistas desmarañan, sin llegar a ser los caminantes de Emaús, varias de las maquinaciones políticas, financieras y cognitivas que son propugnadas por el anglo-mundialismo.
Globalismo que, cabe resaltar, se entrelaza, por filiación del mal, con las elegías spenserianas del siglo XVI tratando de obtener un mayor aprovechamiento para mejorar la posición del pérfido e impiadoso anglosajonismo.
“Imperio anglo” que, pese a sus espejos de ilusiones, no vivirá, en la era que adviene, en un reino de hadas porque hasta hades desaparecerá cuando el Cristo que encarnó, que fue crucificado y que resucitó vuelva a vencer. Y junto a Él, estará victoriosa la Hispanidad.
Querer separar al hispanismo del cristianismo es una tarea idéntica a querer separar el planeta Tierra del sol, pero los imitadores de Simón Mago y del cartaginés errante también fracasarán.
La Hispanidad avanzará, en la geopolitización del mundo, no como una flor de los edenes de la de los idólatras del dinero y la carne, sino que lo hará levantando bien en alto, hasta donde pueda, el estandarte de Cristo y María porque los hispanistas verdaderos son libres y soberanistas. Cristianos y multipolaristas.
Y, desde hace 2 mil años se sabe, que nadie pierde si permanece junto a Cristo.


Deja un comentario