Como uno de los pasajes de la historia mundial más decisivos, estos días traen consigo un dramatismo pocas veces visto, pocas veces vivenciados, por la mayoría de los seres humanos que, actualmente, respiran en este planeta.
Al igual, Donald Trump vive circunstancias como pocos líderes mundiales las tuvieron desde la culminación de la Segunda Guerra Mundial.
Trump no está de pie sobre actores de poder y variables influyentes ya que, en realidad, está en el medio de todos ellos. No es el “Emperador del mundo” (él tampoco lo quiere ser) ni mucho menos está por encima de las leyes divinas (él tampoco lo quiere estar).
Probablemente, tenga los días más difíciles de su vida y, no menos factible, es el hecho de que una de las opciones que elija, tras la decisión que tome, podría ser su derrota histórica.
Y no lo decimos únicamente nosotros porque también lo alertan amigos suyos, hombres de su revolución que todavía está haciéndose. Estamos hablando de Steve Bannon y Tucker Carlson.
Uno es partidario del estado de Israel, pero no quiere que Netanyahu arrastre a los Estados Unidos a una guerra abierta con Irán que, de producirse, tendrá consecuencias enormes en perjuicio del proyecto de Trump y de los intereses objetivos de los Estados Unidos. Así y claro lo dice Bannon.
Y Tucker Carlson, que dista de ser un partidario del estado de Israel, con el conocimiento adquiridos en años y el convencimiento de un patriota preclaro estadounidense, declara, a los cuatro vientos, que Trump no puede tener una guerra corta ni exitosa frente a los iraníes y que, si este desenlace bélico atroz e innecesario se concreta, Trump ni siquiera debería pensar en una victoria en las elecciones intermedias del próximo año.
Señores, la facción nacionalista y populista de MAGA está ejerciendo tal presión y está jugándose de tal forma para evitar el desastre completo de una guerra que nacería en Medio Oriente, pero que, en algún momento, se extendería por Europa, USA y América Latina, que deben ser reconocidos por aquellos hombres de la paz internacional.
Los jóvenes de MAGA que son funcionarios del gobierno de Trump sienten que este movimiento pro bélico no es el que ellos soñaron y para el cual se alistaron.
En la otra senda, los belicistas de Israel y los belicistas neoconservadores (siameses del unipolarismo) presionan fuertemente a Trump para que el republicano ataque, de menor a mayor, a Irán. Le dicen a Donald que él tiene una misión como David y que debe ser capaz de enviar el fuego que convertirá en cenizas a los persas chiitas.
En el Golfo y en China, por ejemplo, miran esto último como una locura.
Sonríe, por el momento, Obama. Hillary Clinton espera recibir en su tableta electrónica el anuncio que el gran Donald dio el giro equivocado.
Pese a ello, muchos seguidores que, desde la primera hora, son leales a Trump esperan bloquear los esfuerzos belicistas más bárbaros y ayudarle a Trump a mantenerse en su compromiso de reformatear los Estados Unidos en una guerra total contra los globalistas y no contra Irán ni contra ninguna otra nación extranjera.


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