Chicago, la icónica ciudad del siglo XX por haber sido una tierra de oportunidades para mafiosos y anti-mafiosos, es otro campo de batalla entre los dependientes de poder demócrata y sus oponentes enrolados en torno a Trump. Quien capture o recapture Chicago, se llevará para sí el trofeo hondamente simbólico y materialmente lleno de recursos: gente, votos, botín económico.
Claro que -para la externalidad pública- las dos corrientes de lucha se refieren a redibujar Chicago para la libertad, o, para la forma en que ambos lados entienden por libertad. Pues, para uno de ellos, la libertad de Chicago debe de estar conectada con el globalismo, mientras que la otra posición se refiere a Chicago para la unidad nacional y el florecimiento del nacionalismo.
Y, al lado de todo eso, o detrás de todo eso, el campo de la intrajudeidad procesa y expresa su división por Trump o por su negación. Está más que aceptado que, desde el 2017, el mayor número de judíos arraigados en Estados Unidos propicia el destronamiento de Trump; pero, a su vez, el otro bando judío protege la viabilidad del plan Trump.
Tal y como se puede apreciar, sin sesgos de ningún tipo, el “Factor Trump” es divisorio para la comunidad influyente de los judíos de EE.UU., en un remedo de lo que fue la primera guerra civil del siglo XIX, cuando los judíos se dispersaron en favor de uno u otro bando.
Un notable miembro de ese grupo, el gobernador de Illinois, JB Pritzker, hombre acaudalado y con ansías de destituir a Trump, se propuso ser un hueso duro de roer y recordarle al inquilino de la Casa Blanca que su cerviz no se inclinará -tal vez, no tan fácilmente- ante el presidente de la república, institución política que se deshace, pero no por Trump, sino por un cúmulo de variables que le antecede al mismo Trump.
Pritzker que quiere ganar la nominación del partido demócrata para competir frente a los Trump en 2028 por el cetro político, declaró que el Washington trumpista quiere crear las condiciones para que Chicago sea una zona de guerra, acusación que los Trump Boys la desestiman porque estos, en su lugar, dicen que quieren una seguridad nacional protegida y libre, en lo posible, de pandillas transnacionales, organizaciones terroristas y extranjerías hostiles para con los intereses de los Estados Unidos.
En ese contexto, suceden hechos violentos en distintas partes de Chicago, en los cuales las fuerzas federales también son atacadas por grupos que están preparados para confrontarles porque hay nodos que no van a entregarse a los organismos federales y que menos dejarán que sus negocios tales como el tráfico de droga sean destruidos.
Cuando miramos a Chicago, tenemos que traer a la memoria que la ciudad es un enclave importante para el esquema del narcotráfico nacional e internacional y que la mayoría de los grupos en tensión utilizan, en estos días, a la bandera mexicana, en las calles, en las redes sociales y en las relaciones públicas, para llevar agua a sus molinos respectivos sin importarles los mexicanos o la nación de México.
En consecuencia, hay varios intereses y juegos que se entrecruzan en la lucha por el dominio de Chicago, pero Trump y Pritzker desarrollan un duelo mutuo, cuyo epílogo podría suceder antes de las elecciones presidenciales próximas.


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