El juicio del «Citizen Vigilante»

3–5 minutos

Estimados lectores en la gran traducción del día les traemos al español un artículo de Constantin von Hoffmeister en Eurosiberia, justo en este aniversario tan particular:

Cuando todas las salidas conducen de nuevo a la misma oficina.

Vi Citizen Vigilante porque alguien me informó de que era necesario, aunque nadie pudo explicarme quién había hecho esa recomendación. Desde entonces, me he convencido de que la propia película forma parte del mismo vasto aparato administrativo que había organizado mi visionado de la misma.

Se presentaba como entretenimiento, pero cada escena tenía la peculiar precisión de un memorándum oficial cuyo verdadero autor nunca podría identificarse.

El notorio caso de violación en grupo de Hamburgo no aparecía como el inicio de la historia, sino como un documento ya sellado, catalogado y colocado sobre el escritorio correspondiente.

La agresión, las condenas suspendidas, los intentos cuidadosamente dosificados de «humanizar» a los agresores… todo ello parecía menos acontecimientos históricos que pruebas seleccionadas para producir una respuesta emocional predeterminada. No se permitía que la indignación vagara libremente. Se la escoltaba por un pasillo hacia un destino preparado de antemano.

Este destino se hacía cada vez más evidente a medida que avanzaba la película. Justo en el momento en que las grandes instituciones que gobiernan el mundo occidental parecen estar perdiendo su autoridad incuestionable, cuando capitales lejanas se reúnen sin pedir permiso y naciones antes acostumbradas a la obediencia comienzan a expresarse con voces desconocidas, la película reconstruye pacientemente el viejo mapa. Las civilizaciones se separan en carpetas opuestas. El islam ocupa una carpeta, Occidente otra.

El conflicto entre ambas se presenta como antiguo, inevitable y suficiente para explicar todo lo demás. La sincronización es casi demasiado perfecta. Justo cuando la confianza en este orden comienza a debilitarse más allá de los muros del edificio, otro empleado lo devuelve discretamente al archivo, lo sella con la indicación «Vigente» y lo vuelve a colocar sobre el mostrador de atención al público.

Incluso la denegación de la certificación de la película en Alemania adquiere el carácter de un trámite oficial cuyo propósito va más allá de la prohibición. Una película que no puede ser aprobada adquiere una autorización diferente.

Su ausencia funciona como otra forma de publicidad, mientras que los debates sobre los fracasos de la integración permanecen confinados dentro de límites cuidadosamente medidos. Uno tiene la impresión de que cada obstáculo aparente ya ha sido previsto en algún lugar del edificio. Nada escapa al proceso. Incluso la disidencia llega provista de la documentación adecuada.

La maquinaria más profunda sigue brillando por su ausencia. El justiciero persigue a los delincuentes por calles que parecen cada vez más desiertas, salvo por los propios delincuentes. Sin embargo, las instituciones que se benefician de las condiciones que dan lugar a estas calles nunca aparecen en el encuadre.

Las empresas que requieren reservas inagotables de mano de obra barata, los intereses financieros que se benefician de los mercados desregulados, los funcionarios que diseñan la política de inmigración sin asumir sus consecuencias: todos permanecen en oficinas cuyas puertas el protagonista nunca intenta abrir. Su ira se dirige con admirable energía, pero siempre hacia quienes ya se encuentran en el pasillo. El edificio en sí permanece intacto.

Más tarde, el protagonista pronuncia una conferencia con aire de seguridad sobre la incompatibilidad entre la cultura islámica y la democracia occidental. El discurso es recibido casi con gratitud por un público crédulo, como si por fin se hubiera zanjado una incómoda cuestión.

Sin embargo, no pude reprimir el recuerdo de que la propia civilización occidental pasó la abrumadora mayoría de su existencia sin democracia. En algún lugar, uno imagina, debe de existir un archivo que contenga esos siglos, aunque rara vez se consulte.

Cada vez que un visitante solicita acceso, un funcionario cortés explica que los expedientes pertinentes han sido trasladados, clasificados erróneamente o quizá nunca existieron tal y como se recuerdan. La democracia parece menos una herencia que un certificado expedido recientemente, declarado de inmediato atemporal.

Al final, la película revela su peculiar eficacia. Se reconoce toda la ansiedad genuina generada por la inmigración, la delincuencia, el fracaso institucional y la desconfianza pública, pero solo después de que las salidas hayan sido discretamente cerradas con llave.

Se permite al público culpar a los enemigos culturales, a los cómplices ideológicos o a los funcionarios incompetentes, pero nunca a la maquinaria anónima cuyas operaciones se extienden por debajo de todas las instituciones visibles.

El espectáculo crea la reconfortante sensación de rebelión, al tiempo que garantiza que nadie llegue a las oficinas donde se originan las directivas. Uno sale creyendo que se han sacado a la luz verdades ocultas, solo para descubrir que el camino le ha llevado de vuelta al mismo mostrador de recepción desde el que comenzó el viaje.


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