Cuando Donald Trump pensó en Tulsi Gabbard para ser su Directora de Inteligencia Nacional sabía que encontraría escollos difíciles en el camino por parte de los funcionarios, lobistas y legisladores vinculados a la comunidad de inteligencia del globalismo que resiste ser atacada y/o desmantelada después de tener décadas de participación influyente en los procesos de las políticas interiores y exteriores de los Estados Unidos.
El definido “Estado Profundo” rechaza categóricamente a la exrepresentante demócrata porque no forma parte de las estructuras que lo conforman y porque Gabbard tiene, entre sus finalidades, enervar o romper el sistema de vigilancia ciudadana que esos organismos impusieron y expandieron, desde la primera mitad de la década de 2000, sobre la sociedad de los Estados Unidos.
Por extensión, esos controles también se usan para ciudadanos extranjeros que las oficinas de inteligencia designen como amenazas o saboteadores de la seguridad nacional.
Gabbard declaró que los órganos del neconservadurismo engañaron deliberadamente para avanzar con sus planes ocultos cuando, por ejemplo, dijeron que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva o cuando implantaron vigilancia sobre grupos católicos tradicionalistas e inofensivos a los que se les acusaba de ser fundamentalistas y potencialmente terroristas.
La nueva aliada de Trump tuvo que hacer concesiones para no quedar fuera de la competencia en el minuto 1 y el mismo presidente también presionó o acordó con otras figuras para que su nominada continuase en carrera.
Sin embargo, la cesión hecha por Tulsi Gabbard no repercutiría para frenar los cambios más importantes que Trump y ella quieren concretar en desmedro de los intereses del establecimiento de inteligencia y sus socios.
Estos han propagado una campaña para detener al binomio Trump-Gabbard y alimentar las maquinarias que produjeron daños ininterrumpidos al propio pueblo de EE.UU. y a muchos otros del mundo.
Queda por ver hasta dónde llegará Tulsi Gabbard. Su intención está clara.



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