Estimados lectores, en la gran traducción del día les traemos un artículo de Syeda Farheen Naqi Mossavi en Tehran Times que nos habla de historia de Irán.
Corría el año 1986. La Guerra Fría dividía el mundo y Ronald Reagan ocupaba la Casa Blanca. El 15 de abril, aviones de combate estadounidenses atacaron objetivos en Trípoli y Bengasi en el marco de la Operación El Dorado Canyon. El motivo oficial fue la represalia por el atentado contra la discoteca La Belle en Berlín Occidental, un ataque atribuido a agentes libios. Los ataques duraron apenas 12 minutos, pero sus repercusiones se prolongaron durante décadas.
Inmediatamente después, el coronel Muamar el Gadafi pronunció uno de sus discursos más polémicos. Ante una multitud en Trípoli, formuló una afirmación que fue descartada en gran medida como propaganda de un dictador acorralado. Sostuvo que la amenaza más grave para Estados Unidos no provendría de los misiles soviéticos ni de ejércitos extranjeros, sino del seno de su propio sistema político, un sistema que, según él, se encontraba secuestrado por intereses particulares. En aquel momento, se trataba de teatro político, la retórica de un hombre enzarzado en una amarga confrontación con una superpotencia.
Casi cuatro décadas después, siguen circulando fragmentos de aquel discurso. ¿Por qué? Porque parecen referirse a un presente notablemente diferente del contexto de la Guerra Fría en el que se pronunciaron. Sin embargo, los historiadores advierten que no hay que tomar los discursos políticos como profecías. El contexto es importante. La retórica de Gadafi se dirigía contra un orden internacional desigual y una historia de injerencia colonial, temas que encontraban eco en todo Oriente Medio. Presentó a Libia como un país que se resistía a la dominación, pero su régimen, centrado en su liderazgo personal, era autoritario. Su «Libro Verde» hablaba de democracia directa, mientras que su Libia se aislaba cada vez más.
La incursión de 1986 demostró la voluntad estadounidense de proyectar su poder de forma decisiva. Sin embargo, no resolvió las tensiones subyacentes. Hoy en día se están haciendo cálculos similares, pero la geografía es diferente. El actual enfrentamiento con Irán plantea un desafío estratégico mucho más abrumador que el de la Libia de Gadafi.
Consideremos la geografía. La isla de Kharg, principal centro de exportación de petróleo de Irán, suele mencionarse como objetivo. Tiene el tamaño de Iwo Jima, donde Estados Unidos sufrió semanas de bombardeos y pérdidas devastadoras. La isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, es más grande que Okinawa, un territorio cuya toma llevó meses y costó miles de vidas. Irán ha tenido décadas para excavar túneles en estas islas, estudiar las tácticas estadounidenses y prepararse para este escenario. A diferencia de Japón en la Segunda Guerra Mundial, Irán posee misiles de precisión capaces de alcanzar cada pulgada del Golfo Pérsico.
Una evaluación aleccionadora del exmiembro de los Navy SEAL Matt Bracken resume la realidad: «Si entrásemos en Irán, creo que perderíamos a todos los que enviáramos; cuantos más enviáramos, más perderíamos, y los iraníes han sido muy claros al decir: ‘Adelante, les damos la bienvenida’». Esto no es derrotismo; es aritmética. Las islas de Abu Musa, Gran Tunb y Pequeña Tunb forman un «arco defensivo», una cadena curva que permite a Irán vigilar e interrumpir el tráfico a través del estrecho. Son «portaaviones insumergibles», inmunes al hundimiento naval. Neutralizarlas requiere una acción militar directa, una propuesta costosa y compleja.
El eco histórico de 1986 no es una predicción. El discurso de Gadafi tenía como objetivo influir en su presente, no describir nuestro futuro. El actual enfrentamiento con Irán viene determinado por la geografía y la realidad militar, no solo por la retórica.
Pero existe otra dimensión en este enfrentamiento que se extiende mucho más allá del Golfo Pérsico. La economía mundial sigue dependiendo peligrosamente del libre flujo de petróleo a través del estrecho de Ormuz. Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial pasa cada día por esta estrecha vía navegable. Cualquier interrupción prolongada, ya sea mediante ataques con misiles, bloqueos navales u operaciones de minado, provocaría una onda expansiva en los mercados energéticos de todo el mundo.
El impacto inmediato se notaría en los precios de la gasolina en las gasolineras, desde Tokio hasta Londres. Pero las repercusiones serían mucho más graves. Las cadenas de suministro industriales, ya de por sí frágiles tras años de perturbaciones provocadas por la pandemia y los conflictos regionales, se enfrentarían a una presión sin precedentes.
Las primas de los seguros de transporte marítimo se dispararían. Las rutas alternativas, que ya operan casi al límite de su capacidad, no podrían absorber el volumen perdido a través de Ormuz. El resultado sería una contracción económica mundial, un aumento de la inflación y pérdidas generalizadas de puestos de trabajo en varios continentes.
China, el mayor importador de petróleo del mundo, obtiene una parte significativa de su crudo a través de este estrecho.
Europa, a pesar de los esfuerzos de diversificación, sigue dependiendo en gran medida de la energía de Oriente Medio. Incluso Estados Unidos, ahora un importante productor por derecho propio, sentiría las consecuencias a través de los mercados globales interconectados. Ninguna economía importante saldría indemne.
Esta es la realidad a la que deben enfrentarse los planificadores militares. Atacar objetivos iraníes podría permitir alcanzar objetivos tácticos, pero el coste estratégico podría eclipsar con creces cualquier beneficio percibido. Los túneles situados bajo Qeshm y Kharg no son meras obras defensivas; son puntos de presión diseñados para hacer que cualquier atacante se lo piense dos veces. La posición geográfica de Irán le confiere una forma única de poder: la capacidad de tener en vilo a la economía mundial.
La lección de 1986 no es que Gadafi fuera profético. Es que el poder militar, cuando se emplea sin una comprensión clara del terreno del adversario, de su determinación y de las consecuencias más amplias, a menudo produce resultados que perduran más allá del teatro político del momento. Los fantasmas de Iwo Jima y Okinawa se ciernen sobre el estrecho de Ormuz, pero también lo hace el espectro de una recesión mundial que ninguna nación puede permitirse.
Quienes descartan el discurso de Gadafi de 1986 como las divagaciones de un loco pasan por alto lo esencial. Ese discurso perdura no porque fuera acertado, sino porque planteó preguntas incómodas sobre el poder, la influencia y la fragilidad de los sistemas democráticos. Hoy, mientras el mundo observa el estrecho de Ormuz, esas mismas preguntas resurgen. Las respuestas, sin embargo, no se encontrarán en una grabación de hace 39 años. Estás vendrán determinadas por los cálculos de los líderes que sopesan la necesidad militar frente a la devastación económica.
La misma dinámica se aplica a la política exterior estadounidense contemporánea, donde un líder mentalmente inestable e impulsivo —el «loco» Trump—, cuya toma de decisiones errática y desprecio por las normas institucionales han suscitado una preocupación generalizada entre psiquiatras, diplomáticos y economistas por igual, puede, por sí solo, trastocar los mercados mundiales.
Las guerras arancelarias de Trump, su retirada de los acuerdos climáticos y nucleares, y sus ataques personales a los aliados han introducido un grado de imprevisibilidad que, según muchos analistas, ha desestabilizado la economía mundial, fracturado alianzas de larga data y erosionado la confianza en el liderazgo estadounidense. Ya se califique de perturbación o de imprudencia, el resultado es el mismo: cuando un mandatario volátil actúa sin restricciones, todo el orden internacional tiembla —y la factura la pagan todas las naciones—.
Y este es el primer presidente de la historia de Estados Unidos que, en lugar de hacer que «Estados Unidos vuelva a ser grande», lo ha humillado en la escena mundial, alejando a los aliados, convirtiendo antiguas amistades en amargas rivalidades y reduciendo a la otrora respetada superpotencia a objeto de burla e incredulidad. El mundo ya no mira a Washington con admiración o confianza, sino con cautela y desdén.
Lo único cierto es que el coste de un error de cálculo —en vidas, recursos y prosperidad mundial— será astronómico. Y, a diferencia de 1986, cuando el marco de la Guerra Fría proporcionaba cierta previsibilidad, el mundo multipolar actual no ofrece tales garantías. El estrecho permanece abierto por ahora, pero las señales de advertencia son inequívocas. La historia no se repite, pero a menudo rima, y la rima que nos llega desde el Golfo Pérsico es una que ningún gobierno, ni ninguna economía, puede permitirse ignorar.
Puede que Washington posea un poderío militar sin igual, pero la superioridad militar nunca ha bastado para reescribir la geografía. La posición de Irán en el corazón del Golfo Pérsico garantiza que cualquier intento de imponer una solución militar acarrearía consecuencias que irían mucho más allá del campo de batalla, reconfigurando tanto la estabilidad regional como la economía mundial.
La lección final no tiene que ver con Gadafi, Reagan ni siquiera con Ormuz. Se trata de un principio atemporal del arte de gobernar: quienes subestiman la geografía de Irán pueden acaparar los primeros titulares, pero corren el riesgo de perder la contienda estratégica más amplia que, en última instancia, queda registrada en la historia.


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