Donald Trump está decidido a concretar la mayoría de sus metas y objetivos en un tiempo récord, deconstruyendo, para tal fin, y dentro de lo posible, las reglas y los consensos que regían los fenómenos de poder y los procesos geopolíticos que, a su juicio personal, favorecían a sus rivales y competidores.
Sin embargo, también juega con la teoría del “loco” porque valora que, así como esa táctica le funcionó para sus intereses en el pasado empresarial y gubernamental que tuvo, ahora puede sacar algunos réditos, valiéndose de escenarios dificultosos y hasta caóticos.
Por ende, en una parte de los entornos internacionales puede haber desorganización, pero, en la mente de Trump, hay un orden. Sabe lo que quiere y se moviliza por un esquema simple y práctico.
Esa organización mental por sí misma no le otorgará automáticamente todo lo que quiere porque hay conflictos donde él y la potencia que administra no son los únicos factores de influencia.
Una de estas complejidades es la Franja de Gaza o, para ser técnicamente más precisos, la cuestión palestina.
No estaremos diciendo algo inédito o novedoso si remarcamos que Trump ve al estado de Israel como un país con el que mantiene buenas relaciones que existen desde hace, por lo menos, cuatro décadas y no tolerará una disolución de dicho estado, pese a que tampoco estaría dispuesto a poner en el cementerio el éxito de su propio proyecto de poder.
Cuando Trump disparó (sí, la palabra es adecuada) el relato de que pretendería tomar la propiedad de la Franja de Gaza, reasentar a sus dos millones de habitantes, remodelarla urbanísticamente y compartir costos y ganancias con aliados regionales, pues, obtuvo una reacción generalizada en contra, aún de sus aliados árabes, quienes afirmaron lo mismo que otras capitales de poder, por ejemplo, China y Rusia.
El mismo Recep Tayyip Erdogan, a quien Trump considera un amigo y socio para otros planes regionales, declaró que era inútil debatir sobre la viabilidad y consecuencias de ese “plan” porque, según la perspectiva del líder turco, lo que Trump planteó no se convertiría en realidad.
Otras expresiones, incluidas israelíes, opinaron lo mismo. Que no era conducente la idea declarada por el presidente norteamericano.
En tanto, Netanyahu le dijo, a su público, que Trump habla en serio.
Por lo tanto, el desarrollo de la realidad clarificará y determinará si había o no una sinceridad en el polémico “plan”; o si este se llevará o no adelante…o si se concretará…o no.


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