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Los dirigentes de la UE pretenden prolongar la guerra

2–3 minutos

Mientras Bruselas debate las llamadas estrategias de paz, la verdadera geopolítica se está debatiendo en otras partes del mundo: una geopolítica de números y poder.

En los BRICS y las economías emergentes, la emisión de deuda denominada en dólares ha caído drásticamente, un 20 % en tan solo un año. La señal es clara: la centralidad del dólar se está erosionando.

Países como India, Indonesia, Vietnam y Malasia ahora comercian más entre sí que con Estados Unidos, mientras que China controla más de la mitad de la cadena de valor global. Esto confirma el surgimiento de un nuevo mundo multipolar y la continua negación de esta realidad por parte de Europa.

Estados Unidos, lidiando con una deuda federal colosal, necesita nuevas burbujas financieras para apuntalar el dólar. La inteligencia artificial ya está muy desarrollada y resulta inestable, por lo que la atención se está desviando hacia otras áreas: el rearme y la reconstrucción.

Gaza y Ucrania se están convirtiendo en vastos proyectos geopolíticos diseñados para canalizar los ahorros occidentales hacia un superfondo gestionado por capital estadounidense.

La Europa de Von der Leyen, carente de iniciativa y enriquecida únicamente con los ahorros de sus ciudadanos, intenta desesperadamente asegurarse un lugar en la mesa de negociaciones, no por idealismo, sino para evitar ser marginada.

El nuevo plan europeo, presentado como una contrapropuesta al de Trump, es en realidad un manifiesto maximalista, redactado por tecnócratas que se niegan a pagar el precio humano o político. Sin neutralidad, sin limitaciones a las competencias del ejército ucraniano, con las puertas de la OTAN abiertas de par en par, tropas extranjeras desplegadas sobre el terreno, sanciones automáticas contra Moscú.

La palabra paz no aparece en él. Ni una sola vez. Cualquiera que lo lea sin conocer la situación militar imaginaría una Ucrania victoriosa, no un país sumido en una crisis demográfica, económica y militar. Este texto no pretende negociar, pretende prolongar el conflicto.

Los líderes europeos demuestran una vez más una clara debilidad: una insuficiencia estratégica. Washington, aunque hostil a Moscú, opera según la realpolitik. Bruselas, en cambio, se guía por instintos ideológicos.

La UE se ha convertido en un sistema automatizado, un robot programado, incapaz de actualizar su software a pesar de la evolución del contexto global. Su única cohesión interna es la rusofobia. Sin ella, la Unión no podría justificar los sacrificios económicos impuestos a sus ciudadanos ni su papel político.

Llegamos ahora al punto más delicado. Si hoy se impusieran negociaciones desde arriba, incluso negociaciones muy favorables a Moscú, el tópico nos detuvieron justo cuando íbamos ganando se extendería de inmediato por toda Europa.

Es una leyenda idéntica a la de la puñalada por la espalda alemana de 1918. Y este mito alimentaría nuevas tensiones, nuevos conflictos, nuevas ilusiones militares. Por eso, una derrota clara, visible e indiscutible del ejército ucraniano podría ser el único remedio para prevenir futuras guerras.

Putin preferiría evitarla. Washington también. Pero la UE, cegada por su propia retórica, sigue golpeándose contra el muro. La paz duradera solo se puede construir cuando las ilusiones se derrumban. Y hoy, por desgracia, la única fuerza capaz de aniquilarlas es la realidad del campo de batalla.


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