Una filtración de un chat operado por un grupo de funcionarios de alta jerarquía de la administración Trump es magnificado a escala astronómica por las redes políticas, mediáticas y de seguridad afiliadas al partido demócrata.
Coordinadamente, el bando rival de Trump efectúa el ataque para, primeramente, pulverizar al Asesor de Seguridad Nacional, Michael Waltz, y, seguidamente, para interferir con el trabajo del Despacho Oval y, por supuesto, para detonar la imagen de responsabilidad en la gestión del presidente Trump.
Los demócratas creen que se ha presentado una oportunidad para embestir, particularmente, contra Waltz y que ello podría incidir en el desarrollo de los contactos de entendimiento que funcionan, por el momento, de un modo positivo, con Rusia. Waltz, pese a que no es un anti-belicista ni un multipolarista, fórmula actos proactivos para hacer madurar la orden de Trump de restablecer las relaciones completas con Rusia o, siendo específicos, con su admirado amigo Putin.
No estaremos diciendo una novedad al remarcar que la concreción de ese entendimiento sería para los atlantistas globalistas algo peor que un golpe del martillo de Thor. Sin hiperbolizar, el arreglo entre Donald y Vladímir implicaría, para una parte de los antitrumpianos y rusófos de ambos lados del Atlántico, de algo cercano a una compra de un billete de ida para la galaxia desconocida.
Viaje al que no se subiría George Soros porque él ya tiene su lugar asegurado en uno de los anillos infernales, que no son que fueron nombrados literariamente por la genialidad del Dante porque estamos hablando de los anillos reales del fuego inapagable -por disposición de Dios- que forman parte de los condenados eternos.
La Directora de la Dirección Nacional de Inteligencia, Tulsi Gabbard, les dijo, a los senadores que interpelan la presunta fuga de información clasificada sobre el plan de ataque militar contra el movimiento Ansarolá de Yemen, que, en el chat de Signal gestionado por Michael Waltz y su gente, no hubo una transmisión imprudente de información secreta porque, explicó la funcionaria, no se expuso, en el hilo grupal, ninguna información crítica. Siguiendo la misma línea, el Secretario del Pentágono, Pet, y el Director de la CIA, John Ratcliffe, también se expresaron de la misma manera.
La revista The Atlantic, afín a los demócratas, siguió defendiendo a su Editor Jefe, Jeffrey Goldberg, quien fue el primero en publicar que alguien le agregó a ese chat donde Waltz, JD Vance, Pete Hegseth, Marco Rubio y Stephen Miller discutían las maniobras de los bombardeos militares que luego se llevarían adelante contra los hutíes.
La pieza de Goldberg es, desde un ángulo periodístico, atractiva y, desde el ojo del analista, no tiene desperdicios (incluyendo, sus mentiras).
Trump, por su lado, sigue respaldando a Waltz, aunque reconoció que su Asesor de Seguridad Nacional había cometido un error.
Claramente, funcionarios que rodean a Trump tienen un dilema de faz operacional en sus comunicaciones a distancia, que es la siguiente:
Dialogar usando la infraestructura especial de las Agencias de Seguridad (en las que todavía no confían) o valerse de las aplicaciones de mensajería como Signal que tampoco garantizan el secretismo o la discreción.
Este problema de comunicación puntual puede resolverse sin mayores problemas, como también los trumpianos pueden perfectamente superar la crisis que le quisieron crear los demócratas a partir del “fallo en Signal”.


Deja un comentario