Una ola de desolación recorre Europa, y el problema ya no se focaliza en determinado sector, la crisis es sistémica. Los últimos datos de la economía alemana muestran síntomas preocupantes, pero han salido a la luz unos índices en materia educativa que han hecho saltar todas las alarmas.
Mientras la crisis económica acapara las portadas de los periódicos, el sistema escolar, antaño orgullo del país, se ha convertido cada vez más en el punto de mira de muchos padres alemanes. En las escuelas alemanas, el espacio para el pensamiento crítico se ha reducido considerablemente, obligando a muchas familias a recurrir a colegios privados.
A pesar de las elevadas tasas, las listas de espera para estos centros, que representan alrededor del 12 % de las escuelas alemanas, son desproporcionadamente largas. Los padres están cansados de someter a sus hijos al adoctrinamiento agobiante que es la norma en demasiadas escuelas públicas.
Y esto se está extendiendo por toda Europa, no sólo en Alemania. El adoctrinamiento en ideología de género es rechazado por cada vez mayor número de padres que ya no pasan por el aro.
Estas decisiones se basan en datos cada vez más decepcionantes sobre el rendimiento del alumnado de las escuelas públicas, según el último informe, un tercio del alumnado alemán no alcanza el nivel mínimo en lectura y aritmética, y en España o Francia no dista mucho.
Mientras los políticos siguen invirtiendo cada vez más dinero, con la esperanza de que esto resuelva los problemas, los ciudadanos alemanes parecen estar hartos. El problema radica en que, según un estudio de 2024, más del 40% del alumnado tiene padres inmigrantes y habla mal alemán. Sin embargo, muchos se quejan de cómo, desde 2015, la obsesión por acoger a los inmigrantes ha llevado a abandonar la objetividad priorizando una enseñanza más inclusiva.
La idea de que el currículo debería aspirar a integrar a los estudiantes inmigrantes a la cultura alemana ha sido condenada como obsoleta y, en ocasiones, perjudicial, porque en lugar de estudiar las asignaturas con objetividad, se enseña a los niños a considerar la cultura alemana como racista y a aceptar las tendencias actuales sin crítica alguna.
Casi todas las escuelas alemanas exhiben con orgullo un cartel que dice Escuela sin Racismo, para ostentar este título, al menos el 70 % del profesorado debe prometer combatir toda forma de discriminación y organizar jornadas temáticas para promover los temas más de moda.
La imposición de este antirracismo militante a menudo se materializa en sesiones de adoctrinamiento en la ideología dominante, discriminando abiertamente la cultura tradicional y la religión cristiana. No importa si no saben leer ni calcular, lo importante es que los niños piensen como dictamina el Gobierno.
No nos llevemos a engaño, esto es una consigna a nivel europeo, por eso en España se lleva a cabo un proyecto parecido con la ideología LGTB, el multiculturalismo o la memoria democrática. Mal negocio hizo España cuando se integró en la Unión Europea.


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