Lula da Silva y Jair Bolsonaro constituyen un dúo que, desde hace casi 10 años, capta la atención de la política nacional e internacional porque, además de protagonizar la guerra por el dominio institucional interno, participa -pero sin determinarlos- en varios juegos globales.
Uno y otro que son dicotómicos en esencia, no crecen en la favorabilidad popular y, aparentemente, quieren reeditar su último choque electoral, a pesar de las advertencias que reciben asiduamente subrayándoles la inconveniencia que tendría un remake de aquel duelo del 2022.
Es cierto que el izquierdista Lula tiene una mejor aceptación en los foros internacionales y, aún más, en distintas partes del mundo se habla con frecuencia de un liderazgo influyente internacional del presidente brasileño que dista de la proyección de Bolsonaro, quien es mejor visto sólo en los estratos y estados conservadores del mundo, con énfasis en los trumpistas estadounidenses, en los orbanistas húngaros y en los melonistas y salvinianos italianos.
En la inmensidad del denominado “Sur Global” se califica a Bolsonaro de “fascista”, sambenito que es falso de extremo a extremo porque el amigo de Trump no tiene ningún ADN fascista.

Bolsonaro no supo, no pudo o no quiso expandir su imagen como “líder” a la externalidad global y será por ello que su memoria será escasamente recordada en el mundo que se viene.
Pero antes de ello, el jefe conservador tendrá que evitar los 15 o los 20 años de prisión que le tendrían preparados sus enemigos que juraron declararlo culpable por el presunto intento de golpe de estado.
Bolsonaro tiene puesta su esperanza en la labor que Trump, quien aranceló desmedidamente a Brasil para influir en la decisión final de los poderes que quieren mandar a prisión al expresidente derechista, pudiera hacer.
Se sabe que Trump es efectivo y exitoso para sacar a sus amigos de graves problemas y Jair goza de la amistad de Donald. Por ello, no hay que subestimar el factor Trump, aunque Jair Bolsonaro ya no podrá volver al Planalto como presidente.
Por su lado, Lula, quien no controla el sistema judicial de su país, retrasa las medidas comerciales de réplica contra Trump porque quiere tener una conversación con el presidente de los Estados Unidos. En ese marco, le extendió una invitación para que visitará Brasil en el próximo mes de noviembre.
Hasta la publicación de esta nota, no se hizo pública ninguna respuesta de Trump.


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