El enfoque que primará, en los proximos 3 o 5 años, en la política exterior de EE.UU. se basará, entre otros postulados, en la amenaza de una “guerra inminente” (o sucedáneos violentos) contra todos aquellos que no se alineen con las visiones y las exigencias geopoliticas de Trump o su sucesor más inmediato.
Realmente, Trump está procurando cumplimentar su advertencia del 2024, cuando expresó que resituará a los EE.UU., en la faz externa, a través del mecanismo de la “Paz a través de la Fuerza” y que esta vía también sería útil para resolver cuestiones espinosas en todo el mundo.
Esta opción operativa sería adecuada y exitosa, desde su principio hasta su fin, si las tendencias mundiales fueran otras o si no habría, como ocurre en el presente, una reorganización global donde la potencia norteamericana no es el centro decisor de la historia futura.
El temperamental Trump volvió recargado y con ganas de hacerse respetar como Don Corleone en una zaga que de original no tiene nada. Ha obtenido unos arreglos no menores con distintos actores internacionales, una parte de los cuales le halaga, de sol a sol, para exprimirle unos beneficios que los demócratas no le hubiesen dado.
Otros -de origen y fundamentos heterógeneos- le siguen demostrando su oposición lo que molesta mucho al presidente que aspira al Nobel de la Paz. Las luchas respectivas de ellos contra los planteos y planes de Trump hablan por sí mismos.
Amándole u odiándolo, no hay dudas de que Trump es un personaje que aporta mucho al trepidante, cambiante y nunca conclusivo teatro político mundial. Y, es debido a ello, en parte, que los asuntos internacionales se vuelven más fascinante.
Un “EE.UU., preparado para guerras victoriosas” es fabuloso para despertar el patriotismo doméstico y para darles expectativas enormes, hacia el mediano y el largo plazo, a los fabricantes y lucradores del complejo de la industria militar. De igual modo, puede ser útil para paralizar a socios y rebeldes.
Pero, en cambio, podría tener una incidencia menos favorable para la agenda Trump si se trata de sus enemigos o de quienes él escogió como sus enemigos y objetivos a “domesticar”.
Aquí, corresponde una distinción: no todos quienes –por decisión de ellos o por decisión de Trump- son enemigos suyos comparten la misma matriz de poder y la misma visión de mundo.
Por lo cual, resaltamos una vez más: Trump debería priorizar sobre qué enemigos lanzará toda su furia y a cuales secundarizará (o dejará para su sucesor) porque el mundo y sus pugnas de poder exceden la capacidad biológica de Trump.
Asimismo, la historia global en construcción no se ciñe exclusivamente a la fórmula “Paz a través de la Fuerza”.


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