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La disyuntiva estadounidense entre la unipolaridad y la multipolaridad

3–4 minutos

Hasta hace poco, se pensaba que era, prácticamente, imposible que, dentro del pensamiento académico geopolítico y las élites estadounidenses, se hablase de la aceptabilidad de una realidad mundial donde los Estados Unidos dejarían de ser el poder omnímodo y omnisciente de la estructural global.

Puesto que el liderazgo que se formó y dirigió a la potencia americana desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial quería el domino holístico, sin competencias ni rivalidades, se pensó, en las diferentes externalidades a los EE. UU., que jamás sucedería que, en los ámbitos de la intelectualidad y de las élites económicas, se pudiese razonar que el mundo tendría más de un centro rector.

Esta tendencia todavía incipiente, se hace más patente hoy en comparación de principios de la década del 2020 y su debate crece aunque no con la fuerza que merecería.

Los grandes comunicadores de la política actual ya no tienen la convicción de que EE.UU. deba ser la cima del mundo y que, en consecuencia, debería administrar por sí mismo los asuntos de todo el orbe; inclusive, la mayoría de los estadounidenses menores de 40 años ya no comparten el presupuesto teórico y emocional de la Pax Americana y no quieren ser apóstoles universales de los valores fundacionales y de los dinamizadores del núcleo ideológico atlantista.

Esta cualidad se expresa también en los lugares educativos y académicos y, en vinculación con esto, el 4 de noviembre, la revista Foreign Affairs del CFR publicó un artículo de la investigadora de varios think tanks, Emma Ashford, una de cuyas ideas principales es que la multipolaridad no significaría la muerte de EE.UU., sino que, por el contrario, tendría más positividad que negatividad ya que, En lugar de dividir artificialmente al mundo en dos, Estados Unidos debería optar por la multipolaridad y diseñar una estrategia acorde. Los beneficios serían significativos. Al potenciar las características más multipolares del sistema internacional, como el libre comercio y la cooperación, Estados Unidos podría conservar muchas de las ventajas económicas y políticas de las que ha disfrutado durante los últimos 70 años.

Al mismo tiempo, al impulsar a sus aliados a asumir una mayor parte de la carga de la defensa y al redirigir los recursos militares y económicos estadounidenses hacia las preocupaciones de seguridad más apremiantes, podría reducir algunos de los riesgos de un enfoque más confrontativo y evitar la sobreextensión y el agotamiento. Además, al enfatizar las alianzas flexibles y transaccionales con otros Estados en temas y áreas específicas, una estrategia multipolar permitiría a Washington protegerse de competidores emergentes como India. En definitiva, este enfoque de seguridad sería mucho más económico que los billones de dólares necesarios para mantener la primacía militar estadounidense frente a todos los posibles rivales.

Con el título, Haciendo que la multipolaridad funcione, Ashford precisa que Trump tiene que cambiar de estrategia para que tenga un éxito considerable en el formato multipolar y destaca que tibiamente Trump está dando algunos pasos iniciales al no ahondar en la financiación de la guerra en Ucrania y al exigirle a sus europeos que transformaran su potencial económico latente en mayores capacidades militares y el entablar diálogos con Rusia e Irán.

Pero señala que, si bien la administración Trump está tomando medidas positivas para reequilibrar sus compromisos de seguridad, está debilitando la posición económica y diplomática de Estados Unidos. Desde la imposición de aranceles y sanciones draconianas hasta la realización de ataques militares aparentemente aleatorios en Irán y frente a las costas de Venezuela, la administración ha tratado tanto a aliados como a adversarios con una agresión interesada, a pesar de que desenvolverse con éxito en un mundo más multipolar requerirá alianzas globales sólidas y eficientes.

Nos consta que una parte de las evaluaciones y los consejos pragmáticos que suele suministrar Emma Ashford suelen ser observados y examinados por planteles asistentes o asesores de los círculos de toma de decisión de los Estados Unidos, pero mucho más son discutidos por intelectuales y formuladores del pensamiento en academias y universidades.


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