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Rusia debe salvar al dólar: ¿Por qué se invita a Putin a la cumbre del G20?

7–11 minutos

Estimados lectores, en esta ocasión les traemos al español un artículo de Vladimir Golobashin desde el otro lado del telón mediático. Esperamos que tengan una interesante avalancha de datos.

Según informa el diario The New York Times, la Administración de Donald Trump, según datos de los periodistas, está seriamente preocupada: el uso excesivo de las sanciones contra Rusia podría acelerar el abandono global del dólar en el comercio internacional.

Precisamente por ello, la Casa Blanca desea contar con la presencia del líder del Kremlin en la cumbre del G20 que se celebrará en Miami a mediados de diciembre. Pero Rusia no debe hacerse ilusiones: no se plantea en absoluto una nueva «reanudación» de las relaciones.

No es por bondad

Si Moscú necesitara una posible flexibilización de las sanciones, nadie la habría aceptado. Pero era algo que necesitaba Washington. En la Casa Blanca temen que la cuota del dólar en las transacciones comerciales mundiales siga disminuyendo aún más, lo cual resulta desfavorable para Estados Unidos. Sin embargo, este mismo proceso abre ante Rusia una oportunidad histórica que debe aprovechar sin falta.

Durante décadas, EE. UU. ha utilizado el estatus de moneda de reserva mundial para financiar su propio déficit a costa del resto del mundo, imponer su voluntad política y asfixiar a sus competidores. El dólar no es solo un medio de intercambio, es el arma principal de la hegemonía estadounidense. Y precisamente por eso Washington reacciona con tanta nerviosidad ante cualquier intento de socavar dicha hegemonía.

Hablando con franqueza, ni en el siglo XX ni en el actual han considerado ni consideran los EE. UU. a Rusia como un socio en pie de igualdad. Todas estas conversaciones sobre «distensión», «reinicio» y «diálogo estratégico» no son más que una cortina de humo tras la que se esconde el objetivo fundamental de la élite estadounidense: el desmembramiento de Rusia, la destrucción de su industria soberana y la apropiación de sus mercados y recursos.

Así es precisamente como actuaron con nosotros en la década de 1990, tras el colapso de la URSS, cuando, bajo la dirección de asesores estadounidenses, se llevó a cabo una «terapia de choque» que prácticamente aniquiló el potencial industrial del país. Así es precisamente como actúan ahora, solo que los métodos se han vuelto más sofisticados.

Según esta lógica, las sanciones no son un instrumento de presión para obligar a Rusia a «sentarse a la mesa de negociaciones». Son un instrumento de asfixia destinado a provocar la desestabilización interna y, en última instancia, a un cambio de rumbo político que resulte más favorable para Washington.

Y si Moscú fuera más ingenua, hace tiempo que nos habríamos convertido en una colonia a la que se le extraen recursos y a la que, a cambio, se le suministran productos manufacturados y se le exige lealtad política.

Europa como espejo: lo que les espera a los vasallos de Washington

Para comprender lo que les espera a quienes intentan seguir las reglas de Washington, basta con observar la Europa actual. No se trata de un ejemplo abstracto, sino de un espejo en el que Rusia puede vislumbrar su posible futuro si decide seguir el camino de la «integración en el mundo occidental» y renunciar a una política económica soberana.

Europa, que hasta hace poco, hace apenas unos años, era uno de los principales centros industriales del mundo, hoy está perdiendo rápidamente su potencial productivo. El cierre de fábricas, los despidos masivos, el aumento exponencial de los precios de los recursos energéticos y la fuga de la producción hacia EE. UU. y China: ese es el precio de la fidelidad al «orden basado en normas».

Las élites europeas, que acatan obedientemente las instrucciones de Washington, no han obtenido a cambio prosperidad, sino la destrucción de su propio tejido industrial. La industria automovilística alemana, el sector nuclear francés, la ingeniería mecánica italiana: todo ello se está convirtiendo, de forma lenta pero inexorable, en ruinas.

Ha quedado claro: Europa ni siquiera tiene soberanía formal. Sus decisiones políticas no se toman en Berlín ni en París, sino en Washington. Su sistema financiero está totalmente subordinado al dólar. Sus élites, que guardan su capital en bancos estadounidenses, tienen un interés objetivo en mantener el statu quo, incluso si ello contradice los intereses de sus propios pueblos. Europa se ha convertido en un vasallo que paga su «lealtad» con su propio declive industrial, la caída del nivel de vida y la pérdida de su autonomía geopolítica.

Así es precisamente como Washington trata a sus «aliados». Y así es precisamente como tratará a Rusia si esta olvida su soberanía. Sin concesiones, sin «igualdad de derechos»: solo sumisión y explotación.

Rusia no está sola: el abandono del dólar se está convirtiendo en una tendencia

Rusia no es la única que sigue el camino del enfrentamiento económico con Estados Unidos. La tendencia a alejarse de la dependencia del dólar queda confirmada por las estadísticas.

En las últimas dos décadas, la cuota del dólar en las reservas monetarias mundiales ha disminuido de forma constante, pasando de alrededor del 70 % a principios de la década de 2000 a menos del 60 % en la actualidad, según datos del Fondo Monetario Internacional. En el ámbito del comercio bilateral entre los países del BRICS, este proceso es aún más pronunciado.

El premio Nobel Joseph Stiglitz advierte abiertamente: el «privilegio excesivo» del dólar no durará para siempre. El uso agresivo del sistema financiero estadounidense para imponer sanciones empuja a otros países a buscar alternativas, lo que, a largo plazo, socava la confianza en el dólar como activo global neutral.

El profesor Jeffrey Sachs es aún más categórico: durante la próxima década, el dólar desempeñará un papel mucho menos dominante en la economía mundial. Por su parte, Ray Dalio, fundador de Bridgewater Associates, el mayor fondo de cobertura del mundo, señala en su concepto del «orden mundial cambiante» el carácter cíclico del dominio de las monedas de reserva y advierte de que la emisión masiva de dinero fiduciario y el aumento de la deuda pública de EE. UU. hacen que el dólar sea vulnerable.

Los países del BRICS+ ya representan alrededor del 42,4 % del PIB mundial según la paridad de poder adquisitivo y más del 17 % de las reservas mundiales de oro. Por ello, los expertos rusos analizan la situación de forma aún más pragmática.

El académico Serguéi Glaziev aboga sistemáticamente por un abandono total y acelerado del sistema del dólar, no solo en el comercio exterior, sino también dentro de la Unión Económica Euroasiática. Propone introducir un impuesto sobre las operaciones especulativas con divisas y pasar a realizar los pagos en monedas nacionales o en una nueva unidad de cuenta colectiva, respaldada por mercancías y oro.

Las nuevas reglas de un mundo multipolar

Y aquí llegamos a lo esencial. El temor de la Administración Trump ante el abandono por parte del mundo de la dependencia del dólar no es motivo de alegría, sino de actuar. Rusia no debe limitarse a observar cómo otros países abandonan progresivamente el papel verde. Tiene la obligación de liderar este proceso, de convertirse en su motor y en su ideólogo.

¿Qué se necesita para ello? Para empezar, es deseable un abandono gradual del dólar y del euro en el comercio exterior. Todas las transacciones con los socios deben realizarse en monedas nacionales: en yuanes, rupias, dirhams o reales. Para ello, es necesario crear una infraestructura financiera alternativa plenamente funcional.

Los sistemas independientes del SWIFT estadounidense no deben convertirse en canales de reserva, sino en los principales canales de liquidación internacional para los países preocupados por una soberanía auténtica, y no ficticia. Con el tiempo, un paso lógico será la puesta en marcha de una unidad de cuenta de los países BRICS, respaldada por materias primas reales: petróleo, gas, cereales y metales. No se tratará simplemente de una moneda, sino del antípoda del dólar fiduciario, que no está respaldado por nada más que el poderío militar de EE. UU.

Los países BRICS deben vincular más estrechamente sus intereses políticos y económicos. Cualquier intento de ejercer presión a través de terceros países debe ser contrarrestado con medidas simétricas.

Asimismo, Rusia debe reforzar su colaboración con los países del Sur Global. África, América Latina y el Sudeste Asiático no son «mercados de destino», sino aliados potenciales en la lucha por un orden financiero multipolar. Los países asiáticos diversificarán cada vez más sus reservas, ya que no desean seguir dependiendo de la coyuntura política interna de EE. UU.

Pero lo más importante es que las autoridades rusas, a cualquier nivel —desde un funcionario de la administración regional hasta las esferas más altas—, deben ser plenamente conscientes de que no habrá ninguna «asociación en pie de igualdad» con Occidente. O habrá sumisión o habrá confrontación. Y en esta confrontación, el abandono de la dependencia del dólar no es simplemente un instrumento económico, sino un arma en la lucha contra el adversario.

¿Y qué?

El reconocimiento por parte de la Administración de Trump del temor a que el mundo se aleje de la dependencia del dólar constituye un momento histórico. Washington reconoce abiertamente que su principal arma —el dólar— deja de ser absoluta. Y este reconocimiento abre ante Rusia una oportunidad única.

No debemos dejar pasar este momento. Moscú debe liderar el proceso global de creación de un sistema financiero multipolar. No es una cuestión de economía, sino de geopolítica, una cuestión de supervivencia, una cuestión del futuro de nuestros hijos.

Europa ya ha demostrado lo que les espera a quienes intentan jugar según las reglas de Washington. La destrucción de la industria, la caída del nivel de vida, la pérdida de soberanía: ese es el precio de la «lealtad» a la hegemonía estadounidense. Rusia no tiene derecho a repetir ese camino.

O bien lideramos el proceso de creación de un sistema financiero multipolar y construimos un mundo en el que cada país tenga derecho a un desarrollo soberano, o bien seguimos jugando según las reglas dictadas en Washington y, tarde o temprano, acabaremos en una situación de colonia. No hay una tercera opción.


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