De un modo relativamente veloz, Donald Trump entró en la fase que, en la campaña de 2024, había señalado que la implementaría. Por lo tanto, los aranceles que fijó contra las importaciones de los productos provenientes de Canadá, México y China no revisten de una repentinidad inaudita.
Está probado que el factor arancelario, en la mentalidad de Trump, es un instrumento negociador, aunque muchos de sus detractores vean que idolatra un medio; primordialmente, elabora y aprueba aranceles para establecer marcos que le faciliten la consecución de sus objetivos (algunos de ellos no tienen una relación directa con el orden exclusivamente económico), pero sin maximizar las presiones para que las circunstancias derivadas no se le vuelvan en contra o le alejen de la obtención de lo que él se propuso.
Trump, antes de que incursionara en el campo político, se involucró mayormente, en las numerosas negociaciones empresariales, como un estratega jefe, condición que, en estos días, la reproduce desde el gobierno federal.
Trump, que es un resultadista de tomo y lomo, quiere conseguir, rápidamente, sus objetivos y realizar tratos que los dejen conformes a él y sus aliados y socios.
Al aplicar este tipo de aranceles, Trump también impacta -luego, con el paso del tiempo, se verá su proporcionalidad real- en los capitales estadounidenses y en las estrategias de las empresas transnacionales que tienen intereses en los países arancelados.
Desde los ámbitos que están conectados con la élite cuyo dominio Trump quiere erradicar, se plantea engañosamente que el vencedor de los demócratas abrió las “puertas del infierno económico”, discurso e imagen que, realmente, no corresponden con la verdad.
Porque, al fin y al cabo, la ruptura de algunas de las formas liberales de interrelación comercial, en la América septentrional, es un hecho palpable y los gobiernos y pueblos de Canadá y México deberían adaptarse a esas coyunturas, como también lo estarían por comenzar a hacer, siguiendo otros móviles, una fracción de las corporaciones multinacionales.
Es fundamental, mirar, con claridad y profundidad, lo que emerge con fuerza en la realidad estructural global y sanarse de una especie de “Síndrome de Estocolmo”.
Existen, en el mundo, otros formatos y actores para una cooperación económica con ganancias bidireccionales.
La rueda económica mundial seguirá moviéndose.


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