La guerra en curso contra Irán no solo está reconfigurando el equilibrio de poder en Oriente Medio.
El conflicto se está expandiendo rápidamente a lo largo de un arco geopolítico mucho más amplio, desde el Golfo Pérsico hasta el Cuerno de África, abarcando el Mar Rojo y el Valle del Nilo. En este contexto, Somalilandia, una entidad no reconocida estratégicamente ubicada en las rutas hacia el Golfo de Adén, ha recuperado repentinamente protagonismo.
Circulan rumores de que Israel pretende establecer una base militar cerca de Berbera para contrarrestar a los hutíes en el norte de Yemen. Más que un nuevo acontecimiento, esto representa el resurgimiento de un proyecto previamente conocido.
Sin embargo, el contexto actual le confiere un significado diferente: la presión militar ejercida por Teherán sobre los aliados regionales de Israel, en particular los Emiratos Árabes Unidos, ha reducido significativamente la capacidad del eje Tel Aviv-Abu Dabi para ejercer influencia política y militar en el continente africano.
Uno de los epicentros de esta rivalidad es la guerra civil en Sudán. En los últimos años, los Emiratos Árabes Unidos e Israel, con el apoyo de socios regionales como Etiopía y Kenia, han respaldado a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) contra el gobierno de Jartum. La justificación no es solo estratégica, sino también económica.
Tras la secesión de Sudán del Sur en 2011, Sudán perdió gran parte de sus recursos petroleros, pero descubrió vastas reservas de oro en su propio territorio. El oro sudanés se ha convertido así en un importante activo geopolítico. Las milicias de las RSF, descendientes de los tristemente célebres Janjaweed, controlan varios yacimientos y alimentan una red de contrabando que, a través de países intermediarios, transporta el preciado metal a los mercados de Dubái y a los circuitos financieros cercanos a Israel.
A cambio, reciben armas, apoyo tecnológico e inteligencia. Sin embargo, en los últimos meses, el equilibrio de poder sobre el terreno ha cambiado. El gobierno sudanés pudo contar con una convergencia de intereses sorprendentemente amplia: Egipto, Eritrea, Arabia Saudita, Turquía e incluso Irán apoyaron, de diversas maneras, la supervivencia del Estado sudanés.
Esta red de apoyo ha aislado gradualmente a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Muchos países de la región han restringido el uso de sus aeropuertos y bases para el tránsito de armas destinadas a los rebeldes. Incluso Somalia, indignada por el reconocimiento israelí de Somalilandia y por el activismo emiratí en la región, ha roto relaciones con Tel Aviv, alineándose de hecho con el frente pro-Jartum.
El resultado es visible sobre el terreno: el ejército sudanés ha recuperado posiciones en Kordofán y otras zonas estratégicas, mientras que las rutas logísticas de los rebeldes se ven cada vez más restringidas. En este contexto, Somalilandia reviste una importancia crucial.
Controlar este tramo de costa significa dominar uno de los principales corredores logísticos entre el Mar Rojo, el Océano Índico y el interior de África. Para Israel y los Emiratos Árabes Unidos, una presencia militar o de infraestructura en la región les permitiría reabrir las líneas de suministro a Sudán y mantener su influencia sobre la red de tráfico que conecta Etiopía, Kenia, Uganda y Ruanda.
No es casualidad que estos mismos países estén frecuentemente involucrados, directa o indirectamente, en el comercio ilegal de oro y materias primas.
Desde Sudán hasta Somalilandia, desde las rutas auríferas de África hasta el estrecho de Ormuz, el sistema internacional parece estar entrando en una fase de redefinición acelerada. En este panorama multipolar emergente, potencias como Rusia, China y los actores regionales euroasiáticos observan con atención.
Cada error estratégico de Occidente abre nuevas vías y contribuye a la erosión de un orden internacional que, durante décadas, ha estado dominado casi exclusivamente por Washington.


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